Aislamiento involuntario

Otra mañana que comenzó diferente a la rutina que me imaginé. Casi decido no escribir pero cambié de opinión. Me puse una playlist de Los Redondos, me acompaña un mate con moringa y manzanilla y afuera una tormenta severa, con fuertes vientos y gran carga eléctrica (¿cuándo me convertí en la chica del tiempo?).

 

Tengo que escribir. Sí, parece una imposición u obligación. En parte lo es. Si quiero formar el hábito de escribir, tengo que acostumbrar a mi cerebro que por la mañana tendremos este momento de escribir. Ya viví periodos donde la mañana (casi madrugada a veces) eran mi fuente de inspiración para liberar todo tipo de emociones y creatividad.

 

De hecho, la última vez que tuve este hábito fue a unos metros de donde estoy ahora y con más o menos el mismo paisaje. No, no es un paisaje de montañas y lagos. Pero predomina el verde. Y tiene sonidos de la naturaleza. Y, lo que cada día voy cayendo en cuenta, desde la ventana de mi casa.

 

¿Será porque todo se dio muy rápido? Aunque te digo que el año que tardó la construcción se hizo largo. Sobre todo los últimos meses y semanas. Parecía que no iba a llegar más el momento de mudarnos. Porque todavía no pudimos acomodarnos del todo. Tengo a mi espalda como 8 cajas sin abrir y las alforjas del viaje en bicicleta que usamos como valijas para guardar ropa. 

 

A veces freno y pienso “sí, te están pasando cosas buenas”. Y me emociono de la felicidad. Porque en esos días hostiles, me salvaron dos cosas: el miedo a la muerte y el sueño de que algún iba a vivir sin violencia.

 

Se que lo último es casi imposible porque vivimos en una sociedad llena de odio y rencor. Individualista que no respeta al que tiene al lado. Y eso genera roces y violencia. 

 

Me refiero a sin violencia sistemática por parte de mi círculo íntimo. Y por eso mi círculo íntimo es tan chico. ¿El motivo? Porque me cuesta confiar en las personas y no es fácil que te haga parte de ese círculo. Prefiero tener pocas personas a mi alrededor a darle el poder a cualquiera de que me lastime. Y, además, porque si son pocas personas, puedo controlar mejor. 

 

¿Suena triste? Sí. 

¿A veces me gustaría tener más amistades? Puede ser.

 

A mí internet me ayudó bastante a socializar. Y no lo digo por ahora. No, de hecho ahora es el momento que menos sociabilización a través de redes sociales estoy teniendo. Pero hace unos quince años (sí, fui una privilegiada con acceso a internet desde 1996), en foros conocí personas con las en su momento entablé una relación de amistad. Y eso que en esa época se decía que era imposible. 

 

La mayoría de esas relaciones se fueron ¿licuando sería la palabra correcta? Muchas veces me pregunto por qué. Si soy yo, con alguna especie de actitud o qué, que hace que al principio de las relaciones las viva muy intensa, con charlas diarias y encuentros y después, poco a poco se va enfriando. 

 

¿Por qué hago eso? ¿Por qué descuido relaciones de amistad hasta el punto de que dejen de existir? Hay bastantes que fueron por hechos puntuales. Hechos que al día de hoy todavía me duelen. Pero hay otras que hasta me gustaría retomar. El miedo al rechazo hace que sea tan solo un deseo. Hay nuevas relaciones que parece que pueden empezar pero que pienso en “no tengo tiempo”. 

 

¿De verdad no tengo tiempo para relacionarme con otras personas o esa es la mejor excusa que encontré para aislarme? 

 

Y sí, en este momento de coronavirus y pandemia, aislarse será la salvación. Pero para alguien que se vive aislando, no se por qué, lo vivo como un ahogo. Y me estoy riendo porque parece que todo bien si soy yo la que decido aislarme pero todo mal si es el contexto mundial el que me obliga. 

 

Mi psicóloga siempre me habla sobre esto de aislarme y la falta de confianza hacia las personas. Aunque en los viajes, lo que más me ayudó fue justamente abrirme y confiar en las personas. No, bueno, ahora que lo pienso bien, eso fue porque sabía que era algo momentáneo. A veces horas, otras veces días o semanas. Pero sabía que tenía un fin.

 

Es más, ahora que lo pienso, a veces siento culpa por no haber seguido en contacto con personas que me ayudaron en los viajes. No es a propósito. En el sentido de que no hay nada malo en esas personas, soy yo. Soy yo que me cuesta mantener una relación. Que siento que cuando la otra persona ya me conoce bastante, tiene todas las armas para lastimarme. Y eso me aterra. No quiero que me lastimen más. Para mí fue suficiente todo lo que viví. Por eso ahora a cada rato repito “yo no me merezco esto” cuando pasa algo que no me gusta o incomoda. 

 

Pase de pensar que no merecía a que me pasen cosas buenas a querer que solo me pasen cosas buenas. Bueno, lo sé. Estoy en problemas porque es casi imposible que solo me pasen cosas buenas.

 

También es por cómo me tomo las cosas. Sí, otro tema recurrente de terapia. Todo lo vivo como un ataque hacia mi persona. Siempre tengo que estar en alerta. No me puedo relajar. 

 

¿Que cómo hago para vivir así? Es agotador. Muy doloroso. Incluso físicamente porque tengo grandes contracturas. Y la ansiedad y angustia están ahí, al pie del cañón para hacerme sentir sintomas como si tuviera un infarto o me ahogo y no puedo respirar. 

 

Quiero dejar de escribir porque este tema ya me está haciendo doler la panza.

 

 

 

 



Foto destacada

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *