Arrepentirse en el último minuto



Estaba muy decidida. Ya no soportaba más los golpes con ese palo de beisbol ni las horas que tenía que estar encerrada en el baño de servicio esperando a que la tormenta pase (o venga mamá de trabajar).

¿Sabes cuántas preguntas hice sentada en el frío de las baldosas y mirando caer las lágrimas a través del reflejo de los azulejos?
 

¿Por qué? ¿Qué hice? ¿Por qué no me ama? ¿Para qué vine a este mundo de mierda? ¿Querrá matarme? ¿Cómo logro escapar de esta casa? ¿Cuándo vendrá el príncipe azul a rescatarme? ¿Cuándo se morirá? ¿Cómo hago para que se vaya de la casa? ¿Y si le escondo sus pastillas para el corazón y cuando esté internado me escapo? ¿Quién mierda crea un monstruo así? ¿Dónde está la misericordia del supuesto dios todo amor? ¿Y si termino con todo esto de una buena vez?

 
Primero probé con lavandina pero me quemó la boca y las arcadas no me permitieron tragar.
 
No me juzgues. Tenía once años y todo lo que había vivido hasta ese entonces no me da esperanzas de que una vida mejor me esperara. Por el contrario, cada año empeoraba.
 
Después intenté las mil formas de dejar de respirar por más de un minuto pero mi estúpido instinto de vida debió pensar que valía más la pena vivir, aun a costa de sufrir sin entender por qué.
 
Era tanto el dolor que sentía que no entraba en mi. Era más grande. Me dolía tanto el pecho.
 
Un día me contaron una forma de atenuar el dolor de alma. La solución parecía estar en el sufrimiento corporal provocado por uno mismo.
 
¿Qué me hizo creer que cortándome los brazos y piernas con una hoja de afeitar me iba a sacar el dolor provocado por mi padre y la indiferencia de los demás?
 
No sé.
 
Pero lo hacía casi a diario. Hasta llegaba a hacer dibujos con las marcas.
 
No siempre llegaba tan profundo como para que salga sangre. Sabía que eso me traería más problemas si me descubrían.
 
Qué irónico.
 
Me reprocharían la actitud auto destructiva los que estaban haciendo añicos mis ganas de vivir.
 
Una poesía me dio la solución.
 
Me temblaban las manos. Fui sacando las pastillas del blíster mientras reflexionaba si era la mejor forma de partir.
 
Pensé en mis hermanos. ¿Qué enseñanza les estaba dejando? ¿Quitarse la vida cuando uno no entiende para qué está en éste mundo de mierda?
 
Cerré la puerta con llave. No quería que fueran ellos los que entren y me vean. Que un adulto tenga que derribarla.


 
¿Escribo una carta antes o mientras espero que haga efecto?
 
¿Qué pongo?
 
Lo primero que se viene a la mente es ser muy cruel. Que tenga una vida tan triste como la que tuve. Que la culpa lo mate poco a poco.
 
“Lo hice porque no soportaba más que él me pegara y me maltratara.”
 
¿Entenderán quién es él o pongo su nombre y apellido?
 
“Si quieren saber por qué, lean mis diarios íntimos.”
 
¿Segura que querés que los lean?
 
Escondí los diarios íntimos en el armario. Estaba sola en la casa.
 
Puse música y llené el vaso con agua.
 
Miré por la ventana y llorando pedí perdón.
 
¿Yo tenía que pedir perdón? ¿Yo? ¿No debería ser al revés? Si existe ese ser superior que es puro amor, que venga y me explique porque me tocó esta vida tan miserable.
 
Del sufrimiento pase a la bronca. Estaba enojada, muy enojada. Hasta fantaseaba con encontrarme cara a cara con dios y darle una cachetada mientras lo insultaba.
 
Tomé valor y muy rápido me metí las pastillas en mi boca. Sin respirar me tomé todo el vaso de agua.
 
Me senté en la cama apoyando mi espalda contra la pared.
 
¿Cuánto tendré que esperar hasta que hagan efecto? ¿Será rápido? ¿Dolerá?



Habrán pasado segundos y para mi eran horas.
 
¿Tendré que tomar más?
 
Miraba la caja naranja arriba del acolchado. Tenía otros ocho blísteres más por vaciar.
 
“Qué loco que te estés quitando la vida con un medicamento para curar las enfermedades de los niños”
 
Yo también estaba sanándome, a mi manera, pero creía que haciendo eso no me iba a doler más.
 
Empecé a sentir un fuerte dolor de cabeza. Como si me estuvieran atravesando una barra de lado a lado.
 
Un fuego me subía desde la panza y mis manos ya no reaccionaban cómo yo les indicaba.
Me invadió un miedo atroz.
 
“No me quiero morir”
 
Lo repetí como un mantra hasta entrar en un sueño profundo.
 
Lo último que recuerdo es que estaba sonando una melodía muy triste.
 
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Estaba todo oscuro. La música estaba ausente. No escuchaba nada. Comencé a hacerme la idea de que había llegado hasta el limbo pero el dolor de cabeza me hizo sentirme viva.
 
Tenía ganas de vomitar pero al mismo tiempo mucha sed. Todo me daba vueltas. Achicaba la vista y no lograba ver qué hora era.
 
¿Me estaré muriendo o sobreviví?
 
No me podía levantar a buscar agua. Me di por vencida y cerré los ojos.
 
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Los golpes en la puerta me hicieron entrar en shock.
 
¿Qué hago? ¿Qué digo?
 
Me incorporé cómo pude y escondí todo en el cajón de la mesa de luz. Caminé intentando no caerme, abrí la puerta y me volví rápido a la cama. Estando boca abajo dije que estaba muy cansada, que no iba a comer y que me iba a dormir.
 
No sé qué pasó pero no hubo preguntas. Cerró la puerta y las lágrimas me inundaron. Pobre mi madre, no tenía idea de que capaz era la última vez que me veía y se iba a lamentar por no haber hondeado un poco más en lo que me pasaba.
 
Abrace la almohada y volví a cerrar los ojos.
 
“Si mañana me despierto, mejor busco la forma de escaparme.”
 
 
Cuando dejé de preguntar el por qué por un para qué, la forma en la que vivía cambió. Empece a escribir como forma de refugio, de escape a la realidad. Con los años, aprendí que la escritura me ayudaba tanto para liberar emociones como para sanarme.

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