Cuando comenzó la tormenta

Necesito escribir. No me sale. No es que me olvidé cómo hacerlo. Siempre hay “algo” que me impide sentarme y empezar a mover los dedos sobre el teclado.
 
¿Qué es ese “algo”? ¿Miedo? ¿Cansancio? ¿Tengo el famoso“bloqueo de escritor”? ¿Qué es?
 
Ayer caí en la cuenta que tampoco me estaba obligando a escribir. Y es que tampoco quiero eso. No debería ser una obligación, sino un deseo o necesidad.
 
¿Por qué debería auto imponerme algo que me hace bien?
 
Entonces hablé con mis otros “yo” y les propuse escribir por cinco días el motivo por el cual escribimos y nos gusta hacerlo.
 
¡Perfecto! Todos contentos. Hasta hoy.
 
Cuando me lavé la cara y miré al espejo, se apareció una idea en la mente:
           
       “¿Y si contamos el motivo por el cual no escribimos?”
       “¿Cuál es?”
       “No te hagas la que no sabés.”
       “No sé si me va a salir, tengo miedo.”
¿Miedo a escribir?
 
Si. Miedo a escribir.
 
La escritura siempre fue mi refugio. Una forma de escaparme. Una manera de encontrar un lugar donde poder sanar heridas y también de crear el mundo que me gustaría habitar. Si, y tiene que ver con esa frase “se el cambio que quieres para el mundo”, porque en mi espacio me analizo, me conozco y voy identificando aquellas actitudes o memorias que ya no quiero tener.
 
¿Y por qué tenes miedo a escribir ahora?
 
Porque estoy desbordada.
 
Ya está, lo dije. Lo admití. ¿Qué me gano?
 
Venía re bien con el tema del perdón. Estaba moviendo muchas piezas difíciles. Lo sé. Pero creí que era necesario hacerlo y que estaba en el momento justo.
 
Pero algo llamado “destino” parece que no opinaba lo mismo.
 
Empezó a llover. Esa lluvia que no para y no para y vos ves el cielo y solo preguntas cómo es posible que caiga tanta agua, de dónde viene y tantas otras locuras de una persona que no entiende lo que está pasando.
 
Pasaron casi dos meses. Y cuando creí que iba a encontrar la forma de qué deje de llover, se desató una tormenta. De esas que dan miedo, las que paralizan, las que te hacen meterte debajo de las sábanas como si éstas fueran una especie de chaleco anti balas.
 
Que me confirmen que Pioja tiene un tumor en el cerebro no me la venía venir. No estaba preparada para eso. Y no se si lo estoy ahora. Menos que me digan que lo único que queda por hacer es darle amor. 
 
Hoy hace un mes de ese viernes.
 
“¿Estas preparada para lo que puedan decir?”
 
Mi mamá me preguntó mientras estábamos en la sala de espera del veterinario que le iba a hacer la resonancia magnética.
 
Le contesté que sí. Las dos sabíamos que era una mentira que me quería creer. O que estaba más esperanzada de lo que debía estar.
 
¿Y por qué tengo miedo a escribir entonces?
 
Porque siento que no voy a poder soportarlo. Que si sigo escribiendo sobre mi pasado, el presente me lleva puesta. Y si me pongo a escribir sobre el presente, se desata una tormenta. 
 
Y porque estoy cansada. Cansada de llorar, cansada de que me duela el pecho.
           
           “¿Y si escribís sobre “cosas” lindas?”
           “¿Cómo cual?”
Y ese silencio es el que más miedo me da.
 
Desde hace tres meses, cuando empezó todo esto, busco cosas para hacer que me mantengan “ocupada”, cosas “lindas” que me hagan… no sé, pasar el momento.
 
Pero todo me “aburre”. O mejor dicho, no me llenaMe dan ganas de acostarme, bajo las sabanas, y quedarme ahí. Esperando. Pero tampoco quiero esperar. No quiero esperar a que la vida me encuentre así.
 
A levantarme un día y decir “¿qué hice?” y que aparezca ese silencio.
 
Por eso todo este tiempo sin escribir. Porque tengo miedo a lo “nuevo” que pueda surgir y que no esté preparada o lo suficientemente fuerte como aguantar algo más.
 
Pero al mismo tiempo me privé de mi espacio, de mi lugar, de mi refugio. Y eso me hizo sentirme perdida.
 
Todo cambió. Todo. Si tenía algún tipo de planes, todo cambió. Me puse en modo automático porque no quería aceptarlo o es muy doloroso o las dos. Pero ya no, es hora de levantarme y seguir.
 
Aceptar el miedo. Aceptar el cansancio. Pero seguir. Esta tormenta no me va a vencer. Por más que no me den ganas de salir a chapotear en los charcos. La voy a aceptar, así como es.
 
Y escribir.
 
Escribir porque es la única forma de no dejarme caer. No darme por vencida.
 
Escribir porque me libera de emociones que me pesan.
 
Escribir porque se sanan las heridas cuando las expreso, cuando las dejo ser.
 
Escribir porque me hace bien, aunque la pantalla se vuelva borrosa.
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Foto de Unsplash.

Cuando dejé de preguntar el por qué por un para qué, la forma en la que vivía cambió. Empece a escribir como forma de refugio, de escape a la realidad. Con los años, aprendí que la escritura me ayudaba tanto para liberar emociones como para sanarme.

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