Cuando él nos robó un pedazo de alma

 
Aquel 13 de noviembre de 1999. Lo recuerdo muy bien. Sobre todo por la enorme fuerza y valentía que tuve y sentí al decirle que nunca más me iba a poner una mano encima.
 
Cumplí con mi palabra. Fue la última vez que me pegó pero, a pesar de no recibir sus golpes, seguí sufriendo su odio desmedido con la otra forma de violencia, la psicológica, la que lastima el alma, la que a veces ni el tiempo puede curar.
 
Vivíamos en una casa que se encontraba dentro de un barrio militar. Cuando él se fue, aviso que ya no la habitaba, que la podían desalojar.
 
¡Estábamos nosotros todavía viviendo adentro! Embalando y guardando todo en cajas. Yéndonos a dormir con el miedo que a mitad de la noche entren a desalojarnos. Con las puertas cerradas y trancadas de día.
 
Eso fue en diciembre, teníamos fecha para mudarnos en febrero. Durante más de dos meses vivimos entre cajas con lo justo y necesario. Estaba todo guardado por las dudas que nos obliguen a irnos antes de tiempo.
 
Éramos tus hijos los que estábamos dentro de esa casa. Y no te importo.
 
No contento con hacernos vivir semanas de miedo, ansiedad y nervios, el muy hijo de puta, y no me disculpo por la expresión porque no le cabe otra, no tuvo mejor idea que robarnos a Mini, la perra que convivía con nosotros hacía seis años.


 
¿Por qué lo hizo? Su respuesta fue muy contundente: “para hacerle daño a tu madre”.
 
¡Basura! ¡A nosotros, a tus hijos, a la sangre de tu sangre nos hiciste tanto daño! ¿Cómo no te dabas cuenta? ¿O no te importaba? ¿Cómo podes hacerle eso a un hijo? ¿Alguien tiene una respuesta?
 
Si antes te odiaba, después de eso no encontraba otra forma de sentirme hacia vos.
 
No te importo vernos llorar. No te causo nada que dijéramos que dábamos la vida por volver a ver a Mini. No sentiste nada cuando te decía que mis hermanos estaban enfermándose de angustia y dolor por no saber donde estaba. Y vos lo único que decías es que estaba en un lugar mejor. ¡Qué mierda de persona!
 
Pero no me cansé. No paré. Lloré, me ahogué en lágrimas frente a tu familia (tu madre, tu hermano, etc.) y pedí por favor que me digan dónde está.
 
Ahora que lo escribo y revivo todos esos momentos, entiendo porque no me nace tener relación con ellos. Simples espectadores convertidos en cómplices.
 
¿Cómo podes decir que amas a un nieto/sobrino si lo ves sufrir tanto y no haces nada para cambiar la situación? No me vengan con excusas. No sirven, no curan, no borran el pasado.
 
Apareció el lugar donde estaba. “Merlo”. Busqué en una guía y empecé a idear un plan para buscarla casa por casa. Fue tan grande la desesperación de tener solo dieciséis años y no contar con los medios para poder hacerlo sola.
 
Y en el medio de un abrazo con mis hermanos, ahogados en un llanto desconsolado porque ya hacía casi un año que Mini no estaba con nosotros, junté las fuerzas y me convertí en una violenta extorsionadora como vos.
 
Llamé a la que era tu pareja y le dije que eras un hijo de puta y tantas cosas más. Le ordené que te diga que si no nos devolvías a Mini, iba a contarle a todo el mundo el asco de persona que eras.
 
A ella se le escapó decir quienes la tenían. Los padres del encargado del edificio de mi abuela.
 
¡Todos cómplices! ¿Cómo pueden ver a un niño llorar y que no se les mueva ni alma? 
¿Cómo se les dice a esas personas?
 
Salí echa una furia. Con tan solo dieciséis años miré a los ojos al encargado y le dije que si no me devolvía a Mini en menos de 24 horas lo iba a denunciar a él y a sus padres con la Policía y que todo el barrio se enteraría de la miseria humana en que se convirtió al aceptar formar parte de tan macabro plan.
 
Miro hacia atrás y no me gusta haber sido así. No estoy orgullosa de mi forma de actuar y manejar la situación. De haber gritado e insultado a tantas personas. Merecer se lo merecían. Hoy no me como el cuento de que también eran víctimas. Eran victimarios, todos cómplices. Un capitán con su ejército de gente sin corazón.

 

 
Mini volvió. Y encima querían que agradezca. ¡Ahhhhh! Cómo me enfurece todo. ¿Qué diga gracias por haberme devuelto lo que nunca debieron haberme quitado? ¿En serio? ¿Hasta dónde llega la enfermedad de esas personas que se hacen llamar “familia”?
 
Cuando dejé de preguntar el por qué por un para qué, la forma en la que vivía cambió. Empece a escribir como forma de refugio, de escape a la realidad. Con los años, aprendí que la escritura me ayudaba tanto para liberar emociones como para sanarme.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *