Día 1 | En busca del perdón

Un desafío creativo que tenía ganas de comenzar hace mucho tiempo. Pero, como siempre digo, por algo suceden (o no) las cosas y este es el momento perfecto para ponerme a escribir durante 30 días seguidos.
 
¿Por qué digo esto? Porque estoy en un periodo de auto conocimiento. Deje de conocer a los demás, a los lugares y volví a estos espacios frecuentes para reconocerme y aprender.
 
El último viaje estuvo cargado de bastante angustia. Tuve varias y pequeñas crisis. Instantes donde solo lloraba y, a veces, sin saber bien por qué o qué es lo que activaba mi tristeza.
 
Cuando estaba en Mostardas, un pueblito al sur de Brasil, donde la lluvia nos tuvo unos seis días seguidos sin poder movernos, tuve una especie de revelación.
 
Me encontraba preguntando para qué viví lo que viví. ¡Linda pregunta eh!
 
El para qué, no el por qué. Preguntarme por qué me traslada al “por qué no” y, además, eso demostraría que tenemos un ego bastante bien alimentado y maleducado. Y no digo que tener ego sea malo, pero si no lo tenemos “domesticado” se puede convertir en un verdadero enemigo.
 
Siempre me voy por las ramas.
 
Tuve una especie de revelación.
 
Primero, debía perdonar y, sobretodo, perdonarme por todo lo que permití vivir.
 
Si, de alguna manera lo permití, y la explicación a esto es que sucedió para que yo aprenda.
 
¿Vieron que esta esa frase “la vida es una lección tan buena que si no aprendes te vuelve a poner a prueba hasta que aprendas”?
 
Bueno, algo así es la frase. No me acuerdo exacta y textualmente como es, pero la idea es esa.
 
¿Pero qué pasa con aquellas situaciones que fueron muy dolorosas en mi vida? Aquellas que calaron tan hondo y las otras que fueron captadas por el inconsciente y que se niega a salir a flote.
 
Qué pasa en el sentido de… ¿Eso también permití que sucediera? ¡Por favor!
 
Y ahí seguro salió el ego a preguntarme “por qué”. ¿No?
 
No importa. Dejemos de lado las preguntas, traigamos esos recuerdos que nos duelen, que nos pesan, que nos ahogan, que nos asfixian, que nos hacen cortarnos un dedo, golpearnos el dedo chiquito del pie, caernos, etc., traigámoslo al presente, pero no para revivirlos.
 
El objetivo de este proceso es para perdonarlos, y al hacer esto, soltarlos, dejarlos ir. Ya está. Ya hicieron su trabajo. No necesito que estén ahí estorbándome, que estén ahí ocupando lugar. No. Ya fueron, ya pasaron, ya está.
 
¿De qué sirve estar atados al sufrimiento? ¿Al dolor? ¿A la angustia?
 
¿De qué sirve? ¡De nada!
 
No sirve para nada.
 
¿Entonces? ¿Qué hacemos ocupando el mayor tesoro de nuestras vidas, el tiempo, en revivir todo el tiempo situaciones de mierda?
 
Volver al pasado para cambiarlas, no se puede.
 
Lo que sí creo que podemos hacer, y que es lo que me gustaría que suceda en estos próximos 30 días, es volver para liberar, para soltar, para perdonar.
 
Y así poder volver a la presente menos cargada. Y con mucho más espacio en la RAM para aprender nuevas lecciones.
 
Suena re lindo. ¿No?
 
Pero tengo que estar consciente de que esto es proceso en el cual me voy a poner frente a frente con cosas muy “heavys”. Con situaciones, personas, sentimientos, emociones, recuerdos, etc..
 
No hay varita mágica para saltearse este paso.
 
 
 
Y lo creo ultra necesario. Ser como el ave fénix, que se quita las plumas viejas en un doloroso proceso, poco a poco, hasta casi desaparecer, para luego renacer de sus cenizas, con más fuerza.
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Off topic: ¿Por qué escribo en primera persona, a veces en tercera y otras en plural? ¿Por qué escribo como si le estuviera hablando a alguien? ¿Cuándo me leen parecerá que les hablo? ¿Será un error gramatical mezclar tanto “yo” como “tu” como “ellos”? 
 
¡Me importa un bledo! Yo me siento cómoda escribiendo así. Y volver para editarme según las normas de RAE sería robarme identidad.
 
Mucho acento, mucha coma, mucha regla… a veces siento que eso mata al espíritu de mis palabras que se unen a otras palabras.
 
 
¡Ojo! A veces también, cuando releo algún texto y veo cada “error” me planteo mi forma de escribir, pero al mismo tiempo me doy cuenta que se entiende lo que quiero transmitir. Aunque mezcle singular y el plural.
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Volviendo a lo que estaba.
 
Una de las cosas que me di cuenta en estos últimos meses de crisis, es que siento que no se perdonar. O mejor dicho, no se cuando realmente perdono.
 
Si. Me han pedido “perdón” mil veces y yo dije “si, te perdono”.
 
Hoy creo que el perdón no se le pide al otro (nada más) sino que es a nosotros mismos. Y en ambos casos. Cuando somos los que hacemos y cuando somos los que recibimos.
 
O sea, me perdono por haber hecho algo que, hoy, no volvería a hacer porque no me siento bien haciéndolo y me perdono por haber permitido que me hagan algo que me lastime, me duela, me fastidie, etc. (Estoy usando mucho el “etc.”, ¿no?).
 
Una persona me dijo que cuando perdonas, de verdad, sentís paz.
 
Pero también me resuena eso de que tenga que perdonar yo a las personas que me hicieron. O sea… 
 
¿Quién soy yo para perdonar a los demás? ¡Que los otros se perdonen a ellos mismo! Bastante ya tengo conmigo misma. ¿No?
 
¿Entonces? ¿Qué tengo que perdonar? ¿A los demás o a mi o a ambos?
 
Por eso siento que necesitaba volver a un lugar donde poder sentirme “cómoda”, para darme este tiempo, este periodo, en donde buscaré qué es el perdón y como perdonarme.
 
¿Podría haberlo hecho en cualquier otra parte? Si. Ahora que volví, aprendí que cualquier lugar es mi hogar siempre que este yo. Y que soy la encargada de sentirme cómoda.
 
Capaz que no era el sentirme cómoda por las comodidades. Capaz era por el simple hecho de saber que puedo estar un tiempo “equis” sabiendo que no tengo que buscar dónde dormir ni qué comer. Es decir, no estar como un satélite (¿?), sino poder emplear mi energía, mi tiempo, en mi.
 
Volviendo al ejemplo del ave fénix. Es como que necesitaba saber que estaba en un lugar “seguro” para comenzar el proceso de quitarme lo que ya no necesito, lo que me pesa y lo que me deja levantar vuelo.
 
 
——
Imágenes: 
Cuando dejé de preguntar el por qué por un para qué, la forma en la que vivía cambió. Empece a escribir como forma de refugio, de escape a la realidad. Con los años, aprendí que la escritura me ayudaba tanto para liberar emociones como para sanarme.

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