Dos caras

 

No entiendo. No me entiendo.
Estoy tan contenta con haber vuelto a hacer lo que me gusta que no comprendo porque dejo entrar este tipo de emociones a mi día a día.
Duele. Obvio que duele y molesta. Pero porque uno no se comportaría así con la otra persona a la que dice tenerle cariño y respeto.
Pero sigo dando vueltas sobre el mismo eje: esperar de los demás lo que yo hago o haría.
Y cuando no es así, sentir traición.
Hoy me centro en lo que yo siento frente a las actitudes de los demás.
El otro que sea como le salga ser. Pero… ¿Por qué me genera eso?
La culpa no es del otro cuando yo siento algo negativo o malo, la responsabilidad es mía de encontrar el motivo de por qué yo me siento así frente a determinadas actitudes.
¿Será que tengo heridas abiertas y debo cerrarlas para seguir avanzando?
¿Será que yo actué así y como mecanismo de defensa lo oculté y las actitudes de los demás no son más que un recordatorio del polvo escondido bajo la alfombra?
Me cuesta entender y entenderme a veces.

 

Ayer no quise hablar del tema, pero hoy me levanté y necesité sacarlo de adentro hacia afuera. Traducirlo en palabras y liberarlos. Porque así funciona la escritura conmigo. Me hace bien escribir porque suelto y, al soltar, ando más liviana.
Cuando dejé de preguntar el por qué por un para qué, la forma en la que vivía cambió. Empece a escribir como forma de refugio, de escape a la realidad. Con los años, aprendí que la escritura me ayudaba tanto para liberar emociones como para sanarme.

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