Hoy me desperté con ganas de hablar con esa voz en mi mente que no se calla nunca. No se asusten, estoy hablando de esa voz que escuchamos cuando estamos leyendo “para adentro”, la que nos aconseja y, en mi caso, también la que me critica. Y parece que esa es la parte de su trabajo que más le gusta.

Es como si fuera su pasatiempo preferido. Detecté que todas las mañanas, una de las primeras cosas que hago es mirarme en el espejo grande y decirme cuanta frase hiriente que se me ocurra. Me pongo de perfil y veo con desagrado y odio la panza. Me digo cosas que me duelen. No sé, creeré que así haré algo para bajar de peso y no tener panza.

El tema es que entendí cómo voy a sentirme segura, cómo voy a sentirme con confianza, si lo primero que escucho en el día son palabras y frases que me hacen llorar y querer tirarme en la cama sin comer hasta que no me sienta bien conmigo misma.

Pero, ¿realmente me voy a sentir bien conmigo misma cuando baje de peso? ¿O será que esa voz encontrará otra cosa de mi cuerpo para criticarme y hundirme?

Y sí, me estoy dando cuenta que el problema real no es mi panza, el problema real no es mi cuerpo, el problema real es el enemigo interno que tengo y que va destruyendo con sus comentarios.

¿Y saben qué es lo peor? ¡Que soy mi propio enemigo! Porque esa voz es mía. O mejor dicho, esa voz está educada por las personas que debieron haberme dado amor mientras crecía y que, a cambio, me destruyeron mental y psicológicamente. Porque muchas de las frases que me digo son las mismas que escuché de chica. Y son las mismas que me hicieron entrar en un círculo vicioso (en ese post cuento todas las cosas que hice a lo largo de mi vida con tal de estar flaca).

No recuerdo en qué momento fue pero la psicóloga me pidió que me dibuje en tres versiones. Como me veo yo, como siento que me ve el resto y como me gustaría verme. No les puedo explicar lo que lloré cuando terminé y los vi. Sobre todo el tercero. ¡Un dibujo completamente irreal y poco sano de un cuerpo! Casi que parece que dibujo con palitos y ya. Dibujé más un cuerpo de una nena que de una mujer.

Eso me da la pauta que no importa cuánto baje de peso y la panza ya no aparezca. Esa voz tiene un ideal de cuerpo que es insano, es enfermo. Y no va a parar hasta que yo me vea así. Incluso cuando razonando me doy cuenta que ese cuerpo no me gustaría porque perdería las curvas y partes de mis cuerpos con los que sí estoy a gusto.

Entonces entendí que tengo que hablar con esa voz. Es decir, hablar conmigo misma. Tenemos que cambiar el chip que tenemos en la cabeza, ese discurso de mierda que nos enferma todos los días, que nos angustia y que opaca todo lo lindo que estamos viviendo en estos momentos y que no disfrutamos al cien por ciento.

Lo primero que estoy intentando hacer es no mirarme al espejo. Solo usar el espejo chico del baño para peinarme. No quiero darle lugar a esa voz a que me critique desde temprano. Obvio que encontró otros momentos, como cuando me visto o me siento y veo para abajo.

Sé que la solución no es no verme nunca más frente a un espejo. Pero de verdad que necesito no escuchar a esa voz atacándome diariamente. ¡Imaginate lo que es despertarte todos los días así! Peor que el ejercito.

 

 

¿Y ahora qué sigue? ¿Cómo cambio ese chip que tengo puesto? ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Cómo hago para dejar de criticarme y juzgarme? ¿Cómo hago para aceptarme y amarme así como estoy ahora y hacerle entender a esa voz que eso no significa que está mal y que podemos trabajar en bajar de peso pero de una forma amable y amorosa? ¿Cómo hago para que entienda que el peso y el cuerpo no define nuestro éxito y que nos pueden pasar cosas hermosas teniendo diez kilos de más y la panza flácida?

Antes pensaba que alcanzar la paz y armonía era no rodearse de personas tóxicas. Hoy me doy cuenta que lo primero que tengo que hacer es no ser tóxica yo y educar a esa voz que no se calla nunca.

 

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