Me enojo porque no entiendo

Ayer lo pude decir. Después de más de 30 minutos hablando de situaciones dolorosas, tanto físico como emocionalmente, pude decir que estoy enojada con mi mamá por haber traído al mundo. Durante el año pasado, cuando se dio el debate por la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo, muchas veces me decían “¿a vos te hubiera gustado que te aborten?”. 

 

Primero que si lo hubiera hecho, no existiría ni tendría conciencia como para manifestar si me gustó o no. Y segundo, sí. Si me hubieran abortado, yo no habría pasado por tanto dolor, tanta violencia de todo tipo, por abusos sexuales con 9 años, por golpes, por sentirme que no valgo nada, que nadie me quiere y que estoy sola en un mundo muy pero muy cruel. 

 

Así que sí, en parte estoy enojada con la vida que me dieron. No la de ahora (aunque un poco sí). La que tuve cuando era chica y no podía decidir por mí misma. La mayoría puede estar diciendo “pero qué dice… si a la mamá hay que agradecerle que te dio vida”. Bueno, el problema es que la vida en sí esta sobrevalorada. Sin un contexto, sin un marco, la vida por que sí está sobrevalorada. Más en una sociedad que considera que hay vidas que valen más que otras. Y no estoy hablando de los animales sino de la vida de las personas que no tuvieron oportunidades ni privilegios. Igual sí, también vale para los animales. Que las personas también somos animales.

 

Pero no me quiero ir por las ramas (siempre me pasa esto) sino que quiero explicar bien el por qué estoy enojada con que no me hayan abortado o, mejor dicho, con la vida que me dieron. 

 

Llegué a una familia donde no había amor. Era un matrimonio por conveniencia. Mi madre tenía miedo que los militares le hagan algo por ser hija de un “subversivo” y no tuvo mejor idea que casarse con un militar (sí, ni Disney ni Polka se animaron a tanto).

 

El embarazo se produce por una falta de respeto de mi padre hacia mi madre. Mi padre, a un mes de que yo cumpla quince años lo dijo bien clarito: “a vos tu mamá no te quería porque sos fruto de una violación”. Sí, de él. 

 

Mi mamá desde ese día se encargó de decirme que si bien no soy una hija deseada siempre fui una hija amada. Bueno, no se notó mucho que digamos. 

 

Mis primeros recuerdos son cuando tenía cinco años y son bien ¿nítidos es la palabra? Vivía con miedo. Nunca sabía el por qué pero siempre llegaba de trabajar y enojado venía y me pegaba. A veces era una sola cachetada, otras veces eran varias. También puños cerrados, patadas, arrastrarme de los pelos por el piso. Años más tarde le sumó un bate de beisbol. Y cuando lo descubrieron y se lo sacaron, encontró un palo de golf. 

 

No recuerdo palabras de ánimo. Si mi promedio de la escuela fue de ocho y medio no tenía que ver con mis ganas de aprender sino por necesidad. Sacar menos de diez era un golpe. Incluso en educación física y arte. 

De adolescente solo escuchaba insultos por ser mujer: “sos una puta de mierda” creo que era el favorito. Lo empezó a usar cuando le pedí a mi mamá que me compre brillo para las uñas y labios. 

 

Por parte de mi padre recibí violencia, mucha violencia. Mi madre no se quedó atrás. Ella también fue violenta. Revoleaba lo que tuviera en sus pies. Se sacaba el cinturón de cuero para pegarme. Pero lo que más dolor me causó es que no haya hecho nada para terminar con mi sufrimiento. O para impedirlo. Sí, hoy de adulta entiendo lo difícil que es estar dentro de una relación tóxica y ni hablar en los años noventa. 

Pero el mayor recuerdo que tengo de ella desde mis siete u ocho años hasta la actualidad es verla sentada frente a una computadora jugando a cualquier juego que encuentre. Por suerte es sin dinero. Pero es una adicción igual. Los usa para evadirse de la realidad aunque no lo reconozca. Que lo haga ahora no me importa, es su vida. Pero cuando yo era niña y sufría violencia que ella esté inmutable frente a la pantalla, eso no solo me importó sino que me marcó muy fuerte. 

 

 

Porque el sentir que no valgo nada, el sentir como si no existiera y que sea el dolor el que me marque que sí existo, eso tiene que ver con la secuencia de recibir golpes y quedar sola en un rincón sin poder llorar con sonido porque “te doy más” pero con un dolor en el pecho que no había forma de contener las lágrimas. Y nadie venía a abrazarme. A decirme que todo iba a estar bien. A darme un poco de aliento con que todo eso se iba a terminar en algún momento. 

 

Y no venía no porque ella no estaba (que a veces sí era porque estaba trabajando) sino porque estaba jugando a la computadora y yo sentía que ni registraba todo lo que estaba viviendo. Y es que ni lo registró. Abusaron sexualmente de mí y mi hermana por más de un año y no se dio cuenta. 

 

El inicio de mi adolescencia estuvo marcado por muchos excesos y peligros. Desde alcoholizarme, cortarme los brazos y piernas, fumar dos atados por día porque así llenaba el estómago con humo y no me dolía por solo comer una manzana por día. Provocarme el vómito cuando comía “cosas prohibidas”. Tomar un blister de aspirinetas con la intención de querer morirme (sí, ya sé que no te morís de esa forma pero tenía doce años y fue lo que se me ocurrió en su momento). 

 

Y yo creí que ella no sabía nada por esta jugando a la computadora. Pero no. Hace unos meses, en una discusión porque ella dice que tengo exceso de peso porque quiero la grasa para defenderme y que (atención) la solución es un show de psicomagia y, de mi parte, le recordé que hubo momentos en los que incluso estuve por debajo de mi peso, la respuesta fue violenta: “si, porque no comías y vomitabas pelotuda”. 

 

O sea, no solo lo sabía y no hizo nada para evitarlo o para ayudarme a que no lo siga haciendo sino que me insultaba y demostraba saberlo desde siempre de una forma tan pero tan violenta. 

 

Y ahí es cuando yo me pregunto. ¿Para qué? ¿Para qué traes vida al mundo si le vas a hacer pasar por todo eso? No lo entiendo. No me entra en la cabeza. Me parece hasta sádico el acto de traer vida y no hacerte cargo de cuidarla, de darle amor, de darle un abrazo cuando no pudiste impedir que la lastimaran, de prestarle atención, de enseñarle amor propio, hacer todo lo posible para que, a pesar de vivir en un ambiente hostil, tenga herramientas para fortalecer su autoestima. 

 

Y así como no sentí que mi padre haya cambiado y por eso decidí no tener más contacto con él, me está pasando lo mismo con mi madre. Porque las veces que me reúno con ella, siempre termino llorando, con angustia, con mal humor, con bronca. Porque no entiendo cómo hace para estar tan alejada de la realidad que vivimos antes y ahora.

 

Porque sí, porque si me tuvo para hacerme sentir que no existo, para destratarme y tratarme de la forma que lo hizo, para ser indiferente con todo lo que vivía, para eso no hubiera continuado con el embarazo.

 

 

 


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