No se cómo no estar triste hoy. No soy una persona que se apega a las fechas. O eso pensaba de mí. Quizás sea porque es el primer año. Pero yo no lloré todos los 12 de cada mes. Yo lloré todos los días. Y no es que ahora esté llorando porque es 12 de octubre. Me importa poco la fecha. Lloro como ayer, como la semana pasada, como el mes pasado.

Es una tristeza que viene de golpe. Capaz estoy cocinando y de la nada aparece una imagen en mi mente y es como que sueltan toda la angustia junta y no puedo frenar el llanto desconsolado.

Sí, desconsolado. Y puede que eso sea lo que me haga tan mal. Porque no hay consuelo. Porque ya no está. Porque la extraño. Porque todavía estoy enojada con lo que pasó. Porque no se merecía todo lo que pasó. No se merecía irse de esa forma. Fue todo muy injusto.

Hago un esfuerzo enorme por controlar la angustia. Me digo a mí misma “a ella no le gustaba verte llorar”. Y atrás viene el “ella no me puede ver ahora”. Y ahí ya está, ya se apretó la tecla que libera las lágrimas.

¿Sabés lo que más me duele? Que de a poco me estoy olvidando la sensación de abrazarla. Su imagen, su ladrido, eso lo recupero con cada foto y vídeo que tengo de ella. Hay momento que me rio desconsoladamente viéndola en todos esos recuerdos de los viajes. Y pienso  “qué feliz que fuiste negra hermosa”. Eso un poco me reconforta. Saber que hasta el último segundo recibió amor.

No lloro por la fecha. Capaz hoy me doy un poco más libertad que otros días. Que cuando me dan ganas de llorar, de putear, de acostarme solo me permito que sean momentos cortos para continuar con mi rutina.

Sí, es posible que le escape a la angustia. Que haga la que no pasó nada y continúe con el día a día. No es que no la quiera recordar. Pero me gustaría traer su presencia con una sonrisa.

Tampoco entiendo bien por qué recién hoy, 12 de octubre, me permito estar escribiendo sobre esto. ¿Por qué no escribí esto antes? ¿Qué es eso de no permitirme sentir las emociones y hacerme el momento y el espacio?

El último año predominaron las actividades que me evadían. Hacer, hacer y hacer para no pensar, para no sentir.

Me alejé de casi todo aquello que pudiera darme el lugar para expresar mis emociones.   Con una vez a la semana, una hora, ya estaba. El resto del tiempo hasta esa próxima semana era intentar mantener todo bajo control.

No tengo idea si esa una actitud “normal” de un duelo. Normal no me parece. Me reprocho a veces el ser tan dura conmigo misma. Pero es lo que me salió. Tampoco termino de entender porque justo hoy si me permito llorar. ¿Cuál es la diferencia entre el 12 de octubre y el… no se, 17 de septiembre que era su cumpleaños? ¿Por qué hoy ya me levanté llorando y con la intención de sentarme a escribir sobre lo que siento y no permití eso otros días? Siempre buscando una excusa para evadirme de las emociones.

Ahora que me estoy calmando, que la congoja ya me permite respirar normal, intento reflexionar. Aunque a decir verdad, es difícil decir “actué así o actué asa” porque… y dar un motivo. Actué así porque me salió. Tampoco es que uno tiene un manual de cómo seguir adelante cuando se muere alguien importante en tu vida como lo fue, lo es y lo será Pioja.

Quizás el dolor me paralizó. No sé. Solo se que a pesar de que ya pasó un año de su partida, yo lo siento como si fue ayer sin importar qué fecha es.

Y al escribir “partida” pienso… ¿A dónde se fue? Porque el no creer en algo capaz lo hace más difícil. Quizás los que creen que después de la muerte vamos a un jardín donde todo es paz y amor pueden sobrellevar la muerte más fácil. No sé.

Tampoco entiendo por qué no puedo creer en eso. O en la reencarnación. Y me cuesta horrores pensar que cuando te morís, ya está, ya no hay nada más. O sea, ¿tanto quilombo para nada? Ya estoy divagando.

Lo único que puedo decir es que en estos 40 minutos que me permití sentarme a escribir y largar todo lo que iba a apareciendo en mi mente, me hizo bien. Ojalá nunca pierda este espacio y que me permita más momentos como estos.

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