Nuevo capítulo. Misma historia.

Hice cambios en el blog, este diario no intimo donde escribo hace más de diez años.

Lo decreté con la primera publicación: me hace bien escribir. 

Pero hoy, repasando y viendo hacia atrás, observo que la mayoría de las veces las palabras están dirigidas a mi. 

Es que a través de la escritura he logrado sacar de adentro hacia afuera tanto

Me he enojado, he llorado, he reído, he recordado, he perdonado, he amado, odiado y vuelto a amar. 

Me desprendí de cosas. Objetos que son solo funcionales. No se ama los bienes, se los usa para.

He soltado personas. Entendiendo que fueron parte de mi vida. Agradeciendo por habermelas cruzado en el camino y aprendiendo (y queriendo aprender) lo que significo que nos hayamos encontrado en esta vida.

 



Puse puntos finales a relaciones, también puntos suspensivos (por ahora). He analizado tanto. Saqué y puse sobre la mesa mis peores miserias. Me sonrojé, sentí mucha vergüenza.

Quise olvidar y recordé situaciones y personas que estaban escondidas muy en el fondo.

Percibí mi vida como una biblioteca enorme donde se escribe el libro de la vida, de mi vida.

Me prometí cosas que se que no puedo cumplir, como dejar de escribir listas con las cosas pendientes por hacer. Pero sumé una lista con las cosas que quiero hacer.

También hice la promesa de no dejarme vencer frente la angustia y ansiedad, viviendo con el proyecto de desangustiar(me).



Vi como de un día para otro dejé de comer carnes y como luego de un año y medio dejé de consumir toda explotación animal y volviendome una activista en defensa de los derechos de los animales.

También exploté mi lado creativo en la cocina. Descubriendome en un rol que me encanta, y es agasajar a las personas mediante el placer que produce comer.

Creí haberle encontrado el lado divertido a una rutina llena de malos tratos e insultos. 

Quise ser quien creía sería feliz con los moldes de los demás. Vi que no es buen camino el querer parecerse a otro. Descubrí que muchos esconden la infelicidad y muestran un clon de cristal.

Día a día me fui hundiendo en la angustia, el dolor, la insatisfacción, la ansiedad, la bronca, la ira, el resentimiento, la autodestrucción y boicot.

Me enamoré del fondo, de lo oscuro, de la nada por nada.

Miré hacia arriba y quise saltar.

Me topé con una posibilidad. 

¿Por qué no? ¿Por qué si? ¿Podré? ¿Será posible? ¿Se harán realidad los sueños?

Entendí el mensaje que me dejaron hace años, “solo se vive una vez” y para no olvidarmelo, lo llevo en la piel.

Empece a sentir que hacer lo que me gusta, me hace sentirme bien. 

Solte miedos, me animé.

Reflexioné. Me enojé conmigo, con vos, con todos.

Me di cuenta que no debía vivir tratando de satisfecer la falta de satisfacción de los demás.

Tomé las riendas de mi vida, de mi historia, sin importar lo que el otro opine o crea. Lo importante es que yo este bien. No hay otra forma de estar bien con el mundo si uno no esta bien consigo mismo.



Volví.

Salté más alto de lo que pensé que podría. Deje de pintar todo negro y llene mi exterior de colores. Las lágrimas pintaron con acuarela mi interior, poco a poco.

Deje de ver los problemas en los demás.

Acepte que me equivoco. Acepte perdonarme. Acepte empezar a aceptarme, así como soy.

Escribí. Escribí mucho. Me desahogue. Me clarifique. Me sentí bien al presionar enter.

Cambié. 

Hice de los cambios el estandarte de mi vida porque entendí que hay que cambiar siempre que uno se sienta incómodo. 

Cambié y cambiaré todas las veces que sean necesarios. 



Buscando sentirme bien conmigo misma. 

Buscando el equilibrio, apartandome de los extremos.

La escritura se convirtió en mi terapia. Jamás me sentí tan cómoda frente a un psicólogo como cuando me siento a escribir.

Porque me encuentro. Porque me pierdo. Porque me conozco. Porque siento rara y a la vez tan natural.

Me abstraigo, me alejo. Porque la distancia me acerca. 



Escribí jugando a las escondidas, escribí según el orden de las letras del abecedario y escribí las ganas de vivir una dulce liberación.

Y si yo no soy la misma que hace diez años. O mejor dicho, soy pero diferente. 

¿Por qué no iba a buscar que este espacio se parezca a mi?

Fui modificandolo de a poco. Vistiendolo todos los días de forma diferente. 

Hasta verlo y decir… ¡Sos yo!

Me hace bien escribir, pero no escribir porque si. Sino, escribirme. A mi.

Cuando dejé de preguntar el por qué por un para qué, la forma en la que vivía cambió. Empece a escribir como forma de refugio, de escape a la realidad. Con los años, aprendí que la escritura me ayudaba tanto para liberar emociones como para sanarme.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *