Por qué digo que solo tengo malos recuerdos

Todavía no había cumplido 15 años. Faltaba un mes y tres días. Y ahí estaba, por segunda vez en mi vida, siendo apuntada por una pistola. 

La primera vez no me acuerdo exactamente qué día. Pero debe haber sido el verano del 98 o 99. Estaba en la quinta de mis abuelos paternos. Hasta ese entonces, era común pasar los veranos allí. Recuerdo que mi padre no estaba. Se le habían terminado las vacaciones o no se bien. Durante la semana estábamos mi mamá, mis hermanos y Mini. En el fin de semana venían mi abuela, tíos y primos y creo que también sus perros.

Recuerdo que ese momento yo lo vivía con mucha felicidad. Me gustaba la visita de ellos. Pero a mi mamá no. Ella se sentía invadida y se notaba en su humor. 

En la quinta había otros perros que acompañaban a Mariano, el cuidador. Se quedaban porque se les daba comida todos los días. Hubo muchos perros en la quinta. Recuerdo al Negro. Era grande, tipo Ovejero Alemán pero todo negro. El sabía con días de anticipación cuándo ibamos a llegar. Eso nos decía Mariano pero le creíamos porque cuando faltaba una o dos cuadras para llegar, el Negro ya estaba en el camino esperándonos para escoltarnos hasta la quinta. 

No se si era sábado o domingo. Se que era la hora de la siesta. Mi mamá estaba durmiendo en una reposera detrás de la casa grande. En ese entonces había una perra que era muy territorial y ella no se llevaba con Mini. Ya había tenido dos o tres peleas. El problema es que la perra era 10 veces más grande que Mini. 

Recuerdo gritos de mi abuela. “La va a matar” dijo. Y mi tío se metió en el medio a separarlas. Siempre escuche que en esos momentos no hay que meter la mano (o ninguna parte del cuerpo) en el medio porque por la adrenalina, no reconocen tu olor y te pueden morder en defensa o ataque. 

Y sí, Mini mordió a Diego. Y los gritos de mi abuela se multiplicaron como si hubiera sido una mordedura letal. “Mini mordió a Diego, Mini mordió a Diego”. Eso despertó a mi mamá de su siesta. Uno de los pecados capitales que aprendí de niña. 

Una cara de entre dormida y de odio. Entró a la casa grande y salió con un arma en la mano. Un arma que tenía por seguridad porque la quinta quedaba en una zona rural. Fue directo a Mini y le gritó para que se quedara quieta.

Toda esta situación la vimos mis hermanos y yo. Los demás estaban preocupados por Diego. Mini cumplió la orden y se quedó parada debajo del árbol de Tilo. Mi mamá le apuntó y yo me puse delante. Mi mamá me dijo que me corra, que perro que muerde al dueño hay que matarlo porque es malo. Mis hermanos lloraban viendo la situación. Yo no, estaba en shock. Estaba entre proteger a Mini y decirles a mis hermanos que no se acerquen. 

“No la mates por favor, ella no quiso morderlo, No es mala.”

Y apareció Diego, que empezó a discutir con mi mamá. Hubo muchos insultos. Mi mamá que parecía no entender lo que había pasado. Ella se disculpó porque “estaba durmiendo profundo y me despertaron los gritos”.

Hoy, a 20 años de ese episodio, todavía me genera mucha angustia el recuerdo. ¿Qué pasaba si mamá disparaba y me lastimaba? ¿Y si lastimaba a Mini? No había veterinario cerca. ¿Y si la mataba? ¿Y si me mataba?

Siempre digo que tuve una infancia y adolescencia muy cruel. Desbordan los recuerdos de abusos y violencia. Cuando digo que esa época solo recuerdo situaciones malas, a veces hasta pienso que exagero. Seguramente me pasaron cosas buenas. Pero lo malo opacó mi memoria. Y cuando episodios como estos vienen a mi mente, me doy cuenta que no, que no exagero. Que estuve expuesta a situaciones extremas. Totalmente desprotegida.

Por eso cuando intento visualizarme siendo niña me imagino en un rincón, con las rodillas en la frente, abrazándome las piernas y llorando. Con todo un mundo hostil a mi alrededor. Porque así lo viví y así lo recuerdo. Al final, que él no estuviera no significaba que yo estaba bien.

La segunda vez fue mi padre el que me apuntó con su arma reglamentaria. Ese día sí lo recuerdo. Un 19 de septiembre de 1999


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