Era un sábado por la mañana. Todo el ambiente estaba teñido de gris. Una llamada en mi celular me hizo saltar de la cama. Del otro lado, la voz de mi hermano (siete años más chico que yo) me decía “se murió papá”.
 
 
Me quedé dura, quieta, sin reacción. No lo podía creer. Me impresionó que el destino jugará de forma tan sucia como para que él se murierael mismo día que mi mamá cumple años.
 
¿Para qué los unió de esa forma?
 
Él estaba enfermo. Desde hacía más de dos décadas. El primer infarto, que fueron tres en una semana, fue en 1994. Yo tenía nueve años.
 
Recuerdo que nos tuvimos que mudar a Buenos Aires unas semanas porque desde Bahía Blanca lo habían trasladado al Hospital Naval de la Capital.
 
También recuerdo que yo no me sentía triste. Al contrario. Su ausencia me daba tranquilidad. Por unos cuantos días, no iba a sufrir ningún tipo de violencia.
 
Mi actitud fue reprochada por parte de la familia (sobre todo la de él). Ya se me agota toda la lista de palabras que describen a personas tan perversas. Ellos sabían cómo él nos trataba y aun así yo tenía que estar triste con la situación.
 
No fue la última vez que estuvo internado. Episodios coronarios y respiratorios sucedían cada vez con más frecuencia conforme pasaba el tiempo.
 
Pero él no se cuidaba. Él se quería morir. Nunca terminé de entender por qué. No era feliz con su vida y no era algo que me pareciera extraño. De hecho, hasta lo sentía coherente. Él hizo que yo tampoco sea feliz con mi vida.
 
Una vez, cuando ya estaba cansada que cada tres meses me llamaran para decirme que estaba internado y al borde de la muerte (parece que la parca se tomo su tiempo porque otros no tuvieron ni una oportunidad), le dije que por qué no agarraba el arma y se mataba y nos dejaba a todos en paz.
 
Si. Puede ser ampliamente reprochable mi frase, pero era lo que sentía. Hoy estoy segura que fui una de las pocas personas que le fui sincera. No como aquellos que se encargaban de aparentar ser la familia ideal con un almuerzo o cena en los cumpleaños y fechas para estar reunidos en “familia”, esperando a que no esté o se vaya para sacar a relucir todo lo negativo de él. ¡Cobardes!
 
Hubo momentos en que mantuve relación con él. Intentaba que todo fuera como si no hubiera sucedido nada, pero era imposible. No lo hacía por mí, sino por mis hermanos. Si ellos querían verlo, yo iba con el solo propósito de estar segura que alguien los protegería de él, su familia y sus filosas lenguas psicópatas.
 
 
Al mismo tiempo, cuando por momentos las cosas se daban bien, me preguntaba por qué no pudo ser siempre así.
 
Yo quería que el cambie. Que sea mejor persona, que sea mejor padre. Que pudiéramos tener una relación padre-hija como muchos dicen tener.
 
Al mismo tiempo, a medida que fui creciendo y que puede ir aprendiendo y resolviendo ciertos temas, también quería que él pudiera encontrar la felicidad.
 
Era un deseo egoísta. Si él estaba bien, estaba segura que no tendría motivos para que nosotros  no lo estuviéramos.
 
¿Tengo que recordar que estoy hablando del hombre que me pegaba con un bate de beisbol? ¿Qué fue mi abuela, la madre de él, que al enterarse, y aunque ella niegue ahora que no presenció agresión alguna de su parte hacia nosotros, se lo llevo escondido en una de sus valijas?
 
También me estoy refiriendo a quién, producto de sus amenazas con ese bate de beisbol, me dejaba encerrada en el baño chico por horas hasta que mi madre volvía de trabajar y se convirtiera en el típico príncipe azul de los cuentos de hadas.
 
Hacía seis meses que no hablaba con él. Habíamos tenido una última charla donde obtuve mi inservible respuesta de por qué fue tan agresivo con nosotros. Inservible porque con esas palabras yo no puedo curar ni borrar nada de lo que sucedió.
 
Pero todo quedó en pausa con el llamado de mi hermano.
 
 
 
Me largué a llorar. Ale no entendía por qué. Fue sincero conmigo y me dijo que él pensaba que yo lo odiaba y que estaba, no sabe si la palabra correcta es “contenta” pero que, por lo menos, la última reacción que esperaba encontrar en mi era la de tristeza.
 
Ese mismo planteo lo obtuve de varias personas “cercanas” (entendí la diferencia entre física y emocionalmente). Algunas me lo dijeron a la cara, otras lo susurraron por detrás.
 
¿Qué quieren que les diga? Ustedes no estuvieron en mis zapatos. No vivieron lo mismo que yo. Ni siquiera saben los sentimientos y emociones contradictorios que podían albergar en mí ser.
 
Demasiada soberbia para creer que podían y tenían el derecho de decir o maldecir sobre lo que yo estaba o debía sentir.
 
No me arrepiento de la última charla. No me arrepiento de haberlo apartado de mi vida, porque así sentía que yo podía avanzar y dejar cicatrizar las heridas del pasado sin que se sigan abriéndose en el presente.
 
Sé que él quería hablar conmigo. Me lo manifestó en febrero, en el cumpleaños 80 de mi abuela al que todavía no sé para qué fui si no me sentía parte y estaba bajo efectos de ansiolíticos y antidepresivos. Ah sí. Lo recuerdo. Fue un consejo de la psiquiatra para sanar el pasado.
 
A veces pienso en qué tendría pensado decirme si le daba otra oportunidad, además de las otras mil que le di a lo largo de mi vida.
 
Todas en vano, solo uno, dos o tres días de pseudo cambio para luego volver con más furia recargada (seguramente producto de haber tenido que hacer o dejar de hacer cosas que él creía correctas, como darme vuelta la cara de una cachetada o arrastrarme de los pelos por la casa hasta encerrarme en mi cuarto).
 
Capaz era pedirme perdón. Capaz había encontrado otra respuesta inservible. No lo sé.
Por momentos me siento culpable de no haberle dado esa última oportunidad. Después recuerdo que la víctima fui yo, por más que él ahora no esté físicamente en este planeta y no pueda defenderse (como muchos me dicen y a mí me gustaría saber si de verdad creen que alguien tan perverso tiene excusa, justificación y posible defensa).
 
Y si lloré, y si hay veces que lloro por recordar su muerte, no es signo de arrepentimiento de mi parte por como manejé las situaciones. Tampoco tiene que ver con el dolor que uno siente por no tener físicamente a esa persona, nunca más.
 
No. No es mi caso. Yo no llegué a tener, o mejor dicho a sentir, una relación de padre-hija. Me apena escribirlo, pero es la realidad. No se murió alguien importante para mí o que quisiera tener para toda mi vida al lado. No.
 
Se murió una persona que si, reconozco, es mi padre biológico pero nunca terminó de llegar a serlo del corazón.
 
Nunca hubo una charla de padre-hija en la que le contara mis secretos o preocupaciones. Conocía los más superficiales. Reconozco que existieron momentos importantes en los que él me acompañó pero, lamentablemente, siempre su forma violenta terminaba empañando todo.
 
 
 
Entonces. ¿Por qué lloré y lloro su muerte?
 
Porque lo que perdí para siempre es la esperanza de que él cambiara, de que él pudiera encontrar un camino hacia su bienestar y momentos de felicidad, que él encontrará la manera de sanar tanto dolor y daños que provocó y que pudiéramos empezar una relación de padre-hija, de esas que parecen una gran muralla de piedra imposible de romper.
 
Por eso lloro. Porque si en algunos momentos yo me aferraba a esa posibilidad, ya no está, ya no existe, ya no hay vuelta atrás. Toda nuestra historia terminó el segundo en que su corazón explotó (qué final tan predecible).
 
Podrán reclamarme que la oportunidad la tenía cuando él estaba vivo. Pasan por alto el daño que me hacía a mí el estar frente a su presencia y desconocen el infierno que viví. Cero empatía con el dolor ajeno. Tan típico del humano.
 
Ya pasaron más de tres años. Ya no pierdo tiempo en esclarecer a nadie mi historia. Yo no tengo que dar explicaciones. En todo caso, a mi deberían dármelas. ¿No? ¿Por qué tanto silencio y tanta complicidad?
 
También estaría bueno que empiecen a practicar el sentimiento de vergüenza.
Y aunque parezca increíble, también lloro porque me da lástima. Si. Su vida me da lástima.
 
Porque para llegar a ser una persona que cometa semejante actos de violencia física y psicológica a sus hijos (y al resto) debe haber vivido en un gran y profundo agujero negro. Lleno de odio, resentimiento, rencor y vaya a saber qué más.
 
Lo que lo llevó a ser quien fue, solo él y los cómplices de su martirio lo conocen. Y por eso también lloro. Porque me hubiera gustado poder ayudarlo a superar su dolor y curar sus heridas.
 
Y todas estas palabras no fueron una forma de dar explicaciones ni de justificar mi actuar. Escribir todo esto me hizo bien, porque pude ordenar mis sentimientos y emociones.
Ahora lo leo una y otra vez y, al poder verme desde afuera a través de mis textos, puedo analizarme y lograr centrarme en mí y mi crecimiento personal (o espiritual le dicen también).
 
Ahora puedo entenderme y saber por qué de repente, si se viene algún recuerdo de él o cuando reconozco similitudes en un rostro, empiezan a llenarse de lágrimas mis ojos.

 

No lloro con odio ni rencor ni resentimiento. Lloro porque sé que ya no hay forma de que toda esta historia cambie. 
 

2 comentarios en “Por qué lloré la muerte de mi padre

  1. Hola Iria! Se que tenés razón con respecto a la falsa idea de la relación padre-hija que nos quiere hacer creer Disney. No me siento miserable porque otras han tenido la oportunidad de tener buena relación con sus padres, al contrario, me pone contenta por ellas. Lo que pasa es que me hubiera gustado tener buena relación yo y ahora ya es tarde. Si, soy mucho de guardarme las emociones y sentimientos y termino explotando en ataques de angustia. Estoy trabajando en eso. 🙂 ¡Gracias Iria! Un abrazo 🙂

  2. Hola Vir, que manera de expresar. Es como barrer hacia fuera de la casa para que quede limpia y linda. Para que te sientas sanas. Un par de cosas a comentar.
    La relación padre-hija como la pintas es idilica y solo aparece en los cuentos de disney, bueno en esos y en algunas casas pero no es que toooooooodas hemos tenido esa super genial relacion paternal. Así que no te sientas menos persona o mas miserable por eso. No!
    Yo creo que lloras por liberación también. Como quien se ha sacado un peso de encima. Pasas un momento de tensión de mucha presión y en vez de llorar ahí te lo guardás todo y llorás al final cuando todo ha pasado, creo que a ti te pasó algo parecido.
    Te mando un abrazo, reconfortante y soleado! 😉

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *