Por qué no me valoro

Me cuesta valorar lo que tengo. Siempre estoy viendo lo que tiene otra persona y comparandome. Desde niña escuché a mi madre decir que “las comparaciones no son buenas porque siempre habrá alguien que tenga más que vos”. O algo así era la frase. Una frase de mierda a decir verdad. E injusta. Y una de las cosas que más me molestan de la vida son las injusticias. 

Pienso en voz alta el por qué me cuesta tanto valorar lo que tengo y no estar comparandome con las demás personas. Por qué estoy queriendo tener lo que otras personas tienen, por más que estoy en un momento de mi vida en el cual tengo varias de las cosas que quisiera tener.

Entonces empiezo a buscar en mi infancia. ¿Qué fue lo primero que quise tener que tenían otras personas y yo no? Y la respuesta es dolorosa: un padre que me no me pegue y me quiera.

Tenía siete años cuando le rogué llorando a mi mamá que se separe y nos fuéramos lejos de él. Siete años. Y tenía unos tantos más cuando le dije a mi abuela paterna que quería que su otro hijo fuera mi padre porque no quería al mío. 

Lo leo y me llena de angustia. ¡¿Cómo no me voy a sentir una nena sola en un rincón?! Siete años y en vez de tener envidia de la muñecas de mis compañeras, sentía envidia que ellas no sufran gritos, insultos y golpes diarios. 

Cómo no me va a provocar estar comparándome todo el tiempo si no entendía ni entiendo por qué a mí me tocaron vivir tantas situaciones dolorosas al punto de que mi consciente las reprimió para poder seguir viviendo

Ya sé que no hay respuestas a los por qués de la vida. No hay justificación que me valga. No creo y hasta me parece sádico toda esa hipótesis o creencia de que elegimos qué vivir antes de nacer para aprender y evolucionar. Un culto al sufrimiento que no entiendo. ¿Por qué hay que sufrir? ¿Por qué? Y no me digan que es para hacerte más fuerte porque existen personas que son fuertes y no pasaron por lo mismo que yo así que, disculpen, pero me hubiera gustado forjar mi personalidad de una forma más amorosa y no comulgo con la idea de que hay que sufrir para aprender o ser mejores. No. 

Muchas veces pienso en por qué me cuesta tanto llegar a una idea o un lugar a comparación de otras personas. O, para explicarlo mejor, por qué en vez de estar escribiendo una novela u otra cosa, estoy acá usando mi tiempo para escribir sobre mi historia para liberar emociones y sentirme mejor. Veo a otras personas que se están dedicando a cosas que le gustan y yo, no es que no me guste escribir, lo amo, pero ya estoy cansada de dedicar tanto tiempo a sanar las heridas. Me gustaría empezar a disfrutar de la vida en vez de destinar tiempo a hablar de las situaciones de mierda que viví para así entenderlas y amigarme conmigo o hasta superarlas. Después pienso en todas las personas que no tienen las mismas herramientas que yo para hacerlo y que viven con la angustia en el cuerpo en piloto automático o sin ganas de vivir y me siento agradecida de poder hacerlo. 

 

 

Mismo sentir que con la escritura, ya sea terapéutica o creativa, lo que estoy haciendo es conectarme conmigo misma y conocerme. Y fantaseo que falta poco para dedicarme a otras cosas que escribir sobre mi pasado. Porque me encantaría escribir sobre mi presente y crear historias del futuro. 

Aunque entender mi pasado me ayuda a mejorar mi presente y proyectar un mejor futuro.

Y entender por qué tengo determinadas actitudes o pensamientos, me ayuda hasta sentirme en paz conmigo misma. 

Por ejemplo, con lo que escribí más arriba. Entendí que me cuesta valorar lo que tengo porque desde muy pequeña siempre quise tener otra vida. Siempre deseé que mi vida fuera diferente. Una en la que no haya violencia. Se que esto es difícil porque no puedo controlar a todo el mundo y la violencia existe. Pero por lo menos no en mi hogar. Y eso lo conseguí. Como también el dejar de relacionarme con personas tóxicas, por más que compartamos apellido y/o ADN o que haya pasado años llamándolas “amigas”.

Me pude liberar de grandes cadenas de creencias que lo único que hacían eran atarme a personas y situaciones que me hacían mal. Me costó años entender que el problema no soy yo. Que no es que soy una mala persona que nadie quiere y desecha cuando ya no sirve. Que no me merezco que me pasen solo cosas malas. Que no soy un monstruo al cual insultar, pegar, lastimar. Que merezco respeto y que las personas que vayan quedando en el camino, está bien que así sea. Pero sobre todo, respetarme a mí misma. Respetar mis emociones. Respetar mis decisiones. Respetarme. Y valorarme. Como me hubiera gustado que lo hagan desde niña.  

 

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