Quiero vale cuatro

Una necesidad de siempre encontrarle un para qué a las situaciones. De unir cabos, de agrupar, de asignar un rol a todo. Una especie de querer entender la existencia sin revelar el secreto.

 
Así son mis momentos de reflexión. Retrospección al límite.

¿Está bien? ¿Es exagerado? ¿Es infantil creer que todo está relacionado?
 
Cuando todas esas dudas empiezan a rondar por mi mente, pongo el freno. Pero dura tan poco… la realidad siempre me muestra las conexiones.
 
Lo que me sucede hoy, fue un deseo de ayer.
 
A veces son pensamientos que solté al aire y dejé que el viento se los lleve.
 
Esos son los que se concretan la mayor parte del tiempo.
 
Y buscando una respuesta, descubrí el por qué.
 
No interferí. Solo dejé ser. Dejé que fluya.
 
 
Y curiosa me planteo: ¿por qué no puedo tener la misma actitud siempre? ¿por qué a veces sí, y a veces no? ¿o será que también, la forma en la que actuó, es parte del libreto y así debe ser?
 
Un círculo. Una serie de preguntas que vuelven me dejan en el comienzo. ¿O en el fin? Nunca se sabe, por eso es un círculo.
 
Lo que estoy segura es que vivo para aprender. La tierra, este planeta tan contradictorio, tan perfecto con un virus tan letal, es mi universidad.
 
Tal vez es hora de abandonar el hábito de buscarle a todo un sentido para darle lugar al poder disfrutar, a relajar, a fluir.
 
Aceptar que todo es, ni bueno, ni malo: “es”.
 
¡Pero pucha qué es difícil!
 
¿Cómo hago para desaprender que todo está expuesto al juicio diario?
 
Y ahí es cuando mi mente saca su as de espadas bajo la manga y, como si estuviéramos jugando, me canta “quiero vale cuatro”.
 
“¿Quién te dio el poder de juzgar? ¿Por qué crees que tenés la verdad sobre lo que ocurre y conoces mejor que nadie lo que debería suceder, cómo debería ser, cómo sería “mejor”? ¿Quién te dijo que tu definición de “mejor” es la correcta y se ajusta a todos los hechos?”
 

 

Y tiene razón. Esta vez, me ganó el partido.
 
 
 
 
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Fuente de las imágenes:
Pinterest
Cuando dejé de preguntar el por qué por un para qué, la forma en la que vivía cambió. Empece a escribir como forma de refugio, de escape a la realidad. Con los años, aprendí que la escritura me ayudaba tanto para liberar emociones como para sanarme.

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