Un 19 de septiembre pero de 1999

 
No me acuerdo si estaba soleado o lloviendo. Tampoco puedo situarme en una hora del día. ¿A la mañana? ¿Era el momento de la siesta? Puedo asegurar que no era de noche.
 
Mi memoria hace mucho trabajo pero no logro recordar cómo empezó todo. Qué ropa llevaba o cómo estaba peinada.
 
Solo tengo bien presente tener mucho miedo. Las piernas me temblaban. No era la primera vez que lo escuchaba pelearse o que presenciaba actos de violencia entre ellos.
 
Pero por alguna razón, cuando amenazó con matarla con su pistola reglamentaria (la misma con la que debía cuidar ¿la patria?), no dudé y me puse en frente.
 
¿Y si disparaba y me mataba? Creo que no me importaba. La vida que él me hacía padecer y odiar no era algo que quisiera tener y salvar.
 
De todas formas, en ese momento, no lo pensé. Solo me nació evitar que mi mamá salga lastimada o muerta.
 
No bastaba con la situación de… ¿qué adjetivo puedo usar para tremendo escenario? No bastaba.
 
Tenía que generar más dolor, más rencor, más mierda para llenar esta vida con más dudas que aciertos, con más negro que blanco, con más soledad, con más ganas de morir que vivir.
 
Esos ojos. Sus pupilas irradiaban odio. El más puro de todos los odios que existían. Esa mirada es la misma que le otorgo a Hitler en mi imaginación. Ni al más villano de las películas de Disney.
 
Y en el medio, pedir con todas mis fuerzas que no aparezca ninguno de mis hermanos. Por favor, seas lo que seas que realmente exista, si tenés el poder de dejar que suceda esto, hace todo lo posible para que ellos no tengan que vivir con esto en su recuerdo.
 
Gritos e insultos. Mi actitud se estaba tomando como traición.
 
¿Traición? ¿Acaso la acción de traicionar no tiene que ver con actuar en contra de alguien que confía en uno?
 
¿Desde cuándo ese tipo podía confiar en que yo no iría en contra de él?
 
¿En qué cuento de hadas el se creía vivir como para pensar que yo le debía lealtad a él y que nunca iría en su contra?
 
¡Cuán equivocado que estaba! Noches enteras me pasé planeando y pensando cómo vencer a ese monstruo que se hacía llamar “papá”.
 
Y como si hasta mis casi quince años de vida (porque faltaba tan solo un mes para que los cumpliera) no había hecho y deshecho mi alma a su antojo, él tenía una nueva frase para hacerme sentir la más infeliz del planeta.
      

“Que la defendés a ella, si te quería abortar porque no fuiste deseada y sos fruto de una violación”

 
No sé si es posible que el corazón deje de latir por varios segundos,  porque eso sí recuerdo que sentí.
 
Hoy, con casi 31 años, me doy cuenta que esas palabras no las debería escuchar nadie. Por lo menos con la edad que tenía y en la situación de estar delante de un loco que se hace llamar papá amenazando con matar a tu mamá.
 
Lloro. Me están cayendo lágrimas ahora mismo.
 
Lo peor (o mejor, todavía no termino de resolverlo) es que ahora estas muerto. Si no, me tendrías gritándote una y otra vez:
      

“¿Cómo es posible que le puedas hacer eso a un hijo?”

No se cuán grave es o fue lo que me dijo en comparación con todos los golpes que me dio y todas las otras frases e insultos que soltó contra mi. Pero ese día, me puse muy triste.
 
A la distancia puedo darme cuenta que una parte de mi, eso que le dicen “inocencia”, creí… no se en qué.
 
Pero enterarme de que soy un hijo no deseado me puso muy triste. Aunque tendría que haberlo pensado. ¿No?
 
Mi mamá me abrazó y me juro que me amó desde el primer día que se entero que venía al mundo. Que no seré deseada pero si amada.
 
Ay ma… cuánto me costó y me cuesta creerte esas palabras.
 
¿Así se ama a un hijo? ¿Haciendolo pasar por esas situaciones? ¿Llevandolo a que se quiera suicidar con siete años? ¿Qué llegue a intentarlo con doce?
 
No. No me mientan. No me vengan con excusas.
 
Y a partir de ese día, empecé a tragar tanto odio, tanto rencor, tanta bronca.
 
Me terminaba de cerrar todo.
 
¡Claro! Soy un hijo no deseado… ¿Qué más podía esperar?
 
¿Y para qué mierda me hicieron venir a este mundo si no me deseaban?
 
Tenía la misma cantidad de preguntas que de reproches.
 
Desde ese día, no quería festejar mis cumpleaños.
 
¿Para qué iba a hacer una fiesta de un año más de una vida no deseada? ¿Con qué fin? ¿Qué motivo tenía para festejar?
 
Y me fui hundiendo en lo que hoy tiene nombre y apellido: ansiedad y depresión.
 
Insisto.

 

 
¿Cómo podes hacerle eso a un hijo?
Cuando dejé de preguntar el por qué por un para qué, la forma en la que vivía cambió. Empece a escribir como forma de refugio, de escape a la realidad. Con los años, aprendí que la escritura me ayudaba tanto para liberar emociones como para sanarme.

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