Un día que, por lo menos del lado occidental del planeta, la mayoría de las chicas sueña con que llegue.
 
El cumpleaños número 15.
 
Cuánta emoción debería haber alrededor de un día así. ¿No?
 
Bueno, no fue en mi caso.
 
No me interesaba festejarlo. Hacía un mes que me había enterado que soy un hijo no deseado. ¿Qué tenía de bueno un día así como para homenajear?
 
Recuerdo que a la noche se sorteaba en el programa de Susana Giménez el premio de un millón de dólares (o pesos, da igual… todavía era el 1 a 1).
 
Yo había mandado cartas. Mi sueño, en ese entonces, era ganarme todo ese dinero. Aunque sabía que yo no lo podía usar porque era menor de edad, tenía un plan: dárselo a mi mamá para que compré una casa y nos pudiéramos mudar bien lejos del monstruo.
 
Y que con una buena parte de ese monto, le pague al mejor de los abogados para que lo haga sufrir. Si, quería venganza. Quería que el sintiera lo mismo que me hizo padecer a mí y a mis hermanos. 
 
Esto son sentimientos que no quiero en mi vida y por los cuales siento que debo vivir con una mitad menos.
 
Estaba sentada en la mesa, esperando el desayuno. Era un día más y los gritos e insultos de mis padres me lo confirmaban.
 
Pero no fue cualquier mañana. Y el cumpleaños de 15 quedó a un costado.
 
Desde la cocina se escuchó como mi mamá le dijo que quería separarse y como él le terminó pidiendo el divorcio.
 
Estarán pensando que eso terminó de destruir la “celebración”.
 
No. Muy equivocados.
 
Eso, a pesar de todo, significaba el mejor de los regalos de 15. Por lo menos, ya estaba llegando a su fin o eso parecía. Solo debía convertirse en realidad el sueño y ya no me importaba que Susana saqué mi carta.
 
Desde los siete años que le pedía a mi mamá que nos separáramos de él. Si, no solo ella, yo también. ¿Quién querría seguir teniendo vinculo con la persona que te pega y maltrata?
 
Mas allá de que termino para bien, porque después se divorciaron, no dejo de pensar en lo egoísta que fue todo. ¿No?
 
En el desayuno de mi cumpleaños número 15 estar gritando y montando semejante escena delante nuestro.
 
¿Con qué necesidad? ¿Cuándo iban a empezar a pensar en nosotros y toda la mierda que estábamos juntando desde que nacimos?


El 22 de octubre de 1999, el día que cumplí quince años, es otra “anécdota” más que ilustra mi vida.


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