Ya no es una palabra vacía

Ya entendí que no me define un número en la balanza. Ya entendí que no tengo que darle importancia a los estándares de belleza porque son crueles. Ya entendí que, por más que yo me sienta y vea híper gorda, lo que tengo es mucha panza. Ya entendí que lo que más me debe preocupar es la salud. Ya entendí que debo restringir comidas y hacer ejercicio físico a diario para no desarrollar diabetes. Que bajar de peso y moldear mi cuerpo será consecuencia. Pero que mi meta no es un número (o sí, el de la glucosa en sangre). 

¿Cómo puede ser que lo haya entendido en el plan racional y aún así me angustia sentirme gorda? ¿Tan profundo fue todo lo que me machacaron desde que tengo doce años? 

Antes del accidente yo no tenía problemas de peso. Era una chica sin problemas con la comida. Y me ayudaba el ser deportista y hacer diferentes actividades extra curriculares. Desde patín o gimnasia artística hasta natación o karate. 

El accidente fue lo que desencadenó todo. El odio y la bronca se apoderaron de mí. El miedo y angustia también. Hoy a la distancia me alegro que haya sido la que salió volando del auto y a la que le tuvo que hacer el hombro izquierdo de nuevo. Me alegro que mi hermana y mi hermano no hayan tenido que pasar por eso. Que mi actitud de protegerlos cuando el auto empezó a ir de un lado al otro de la ruta, sirvió. 

Todavía recuerdo con una angustia enorme el momento que me avisaron que la operación no había salido cómo pensaban. Que hubo que cortar y colocar un tornillo. Y hubo que coser. Me quedaría una cicatriz de 25 puntos de por vida. Una más. Pero ésta era bien visible. Que odio que me dio en ese momento. No sé de dónde salió tanta valentía para gritarle asesino hijo de puta delante de todos. Y no, por más que una vez me vi obligada a pedir disculpas, no me arrepiento y siento que no necesito que me disculpen de nada. Porque eso fue lo que sentí. 

Y después vino el post operatorio. El que no me podía mover. El que me tuvo en cama los primeros meses. Ahí empezó todo. Porque en el momento que más contención necesité, lo que me enseñaron fue que la comida calma el dolor en el pecho, calma el nudo en la garganta. Pero la comida también es mala. Solo disfrutala por unos minutos. Sino vas a engordar y va a ser peor. 

“Escuché que si vomitás después de comer no cuenta lo que comiste”. 

“Si tomás laxante después de comer, la comida pasa de largo”. 

“Tomar diurético hace que no retengas líquidos y parezcas más delgada”. 

De lo único que sirvieron esas frases es para que aumente 20 kilos en semanas y empiece con problemas alimenticios. Tenía doce años, había pasado por un accidente muy grave, estaba tratando de procesar todo lo que me pasó y entender cómo iba a ser mi vida de ahora en más. Lo que más necesita era contención. Y no lo tuve. 

Desde esa edad hasta ahora, con treinta cuatro años, tengo problemas con la comida. Y no pude cambiar ni formatear el chip. Encuentro en la comida… un placer momentáneo. Es algo de unos segundos. Mientras escribo esto, por mi mente pasa una frase polémica: “es como la droga”. Y sí, tiene razón. 

Porque en el momento que siento que me quiero comer todo, que necesito comer de todo, en ese momento me siento con mucha ansiedad. El cuerpo me tiembla, el estómago se hace un vacío. Quiero comer, lo que haya. Y sino, voy a comprar. No importa que me genere ansiedad salir de mi casa. Para ir a comprar pan, salgo hasta en piyama. Y comer, en ese momento, me da placer y culpa al mismo tiempo. Pero más quiero sentir el placer. Después veo que hago con la culpa. Quiero comer para calmar el vacío que siento. Comer, en esos casos, lo puedo comparar a cuando me inyectaban morfina para el dolor post operatorio. Sentía mucho dolor y a los pocos segundos que me inyectaban, sentía como todo se iba calmando. Como ya no sentía dolor. Como corría algo caliente por mis venas (seguramente adrenalina) y todo se sentía placentero.

Con la comida me pasa eso. Aunque después de comer me sienta con mucha culpa. Incluso ya me empiezo a sentir mal cuando siento esa ansiedad que recorre por mi cuerpo. Porque se que no lo voy a poder controlar. 

 

 

Gracias a una nutricionista con quien pude compartir lo que me pasa, encontramos una forma de que esos momentos no sean tan perjudiciales para mi salud. Tener siempre a mano, tomates cherrys, aceitunas, apio y zanahoria cortada en bastoncitos. Garbanzos o lentejas para ponerle muchos condimentos y comer a cucharadas. Semillas de girasol tostadas o maní (aunque no es lo ideal por el alto contenido calórico que tiene). 

De a poco fui sumando estas herramientas a mi rutina. Y empecé a registrar en qué momentos me agarraban estos ataques de ansiedad. Los peores son entre las 11 y 15hs. ¿Qué sucede en esas horas? ¿Qué es lo que me hace tener ansiedad? ¿El trabajo? ¿El sentir que se está pasando muy rápido el día a mí me quedan mil cosas por hacer? ¿El estar sola y no poder hablar con nadie en horas? ¿El trabajar a escasos dos metros de la cocina y tener todo a mi alcance?

Y empecé a tener más conciencia de mis rutinas. Tenía el pan sobre la isla de la cocina junto con las frutas. Cuando me levantaba para ir a calentar más agua o para cambiar la yerba y veía el pan sobre la mesada, me agarraba unas ganas de comer una rebanada. Con qué, no se. Quería comer pan y nada más que pan. Y lo que me genera ansiedad es esa puja entre “no debo comer pan por la glucemia, portate bien” y el “dale, una rodaja de pan no te va a hacer mal”. Qué horrible es ser carne y hueso de batallas. 

No fue hasta que empecé a escribir y hablar sobre estas situaciones que pude pasar a la acción de hacer algún cambio. La mayoría me decía “no compres pan y listo”. Y a mi no me parecía justo para con quien convivo. Entonces pensé en guardar el pan en una alacena. No tenerlo a la vista. Hasta a mí me daba la sensación de que no iba a funcionar porque igual yo sé dónde está el pan y no está bajo llave. Pero quería probar. 

Al mismo tiempo, le conté de este cambio que iba a hacer en mi cocina a la nutricionista y me preguntó en qué momento del día me daban más ganas de comer pan. Le dije que a la tarde. Y como tengo permitido dos rodajas de pan por día, me planteó que por qué no cambiaba las rodajas del desayuno para la merienda y elegía otra opción por la mañana. 

Quizás estás leyendo esto y no podés creer la importancia que le doy a unas rodajas de pan. Hasta te debe parecer estúpido. Y puede ser, a mí me parecía lo mismo hasta que me di cuenta que era algo que me desordenaba el día y me generaba ansiedad, angustia, todo junto.

Y funcionó. En estos últimos quince días funcionó. Y en esto de celebrar los cambios, estoy acá escribiendo sobre mi relación con el pan y cómo estoy logrando que una relación tóxica se convierta en algo más relajado para mis días. 

Pero tengo que ser sincera. No fue solo el cambio del lugar del pan y las opciones de desayuno y merienda. 

Dentro de lo que me generaba ansiedad era verme día a día relegando mis ganas de hacer determinadas cosas que me gustan. Como por ejemplo, sentarme y escribir. Y lo que cambié (y sigo cambiando) fue las prioridades. Empecé a ponerme en primer lugar. En reservarme momentos del día para mí y hacer lo que quiero. Incluso dormir siesta o tan solo ver una serie en el sillón acurrucada con Pumba. 

 

 

Encontré una ilustración en la que explicaban que los alimentos como el pan aumentan la serotonina y dopamina, hormonas que producen placer y bajan el estrés. Lo estoy diciendo muy en general. Pero explicaba que tendemos a tener adicción a las comidas hiper refinadas y abundante azúcar porque producen una sensación de placer y efecto de sedación al instante. Sí, como si fuera una droga (no era exagerada mi comparación de arriba).

Lo charlé con mi psicóloga y, no solo me dijo que es correcto lo que leí, sino que me explicó cómo funciona el sistema. Hablamos también de las endorfinas que son las que se activan con el ejercicio físico. 

Voy a intentar explicarlo con mis palabras. Cuando los niveles de la serotonina están bajos, el cerebro busca la forma de aumentar el nivel de un modo rápido. La forma que se haya aprendido en los primeros años será la elegida seguramente. ¿Y adiviná cuáles son los alimentos que suben rápidamente la serotonina? ¡Bingo! Chocolate, dulces, cereales, snacks, panificados, gaseosa dulces.  Pero eso no es todo. Tendemos a comerlos de manera voraz, sin saborear, sin masticar y en grandes cantidades y así la serotonina cerebral aumenta (al igual que la glucosa) y ocasiona bienestar, relajación y un efecto ansiolítico.

Si estás pensando que qué bueno poder comer y sentirse bien, lamento decirte que no. Que lamentablemente, después de comer compulsivamente (y no por hambre) vienen dos emociones horribles: la culpa y la angustia. Además de que seguro te sentirás con indigestión todo el día. Pero mostrar que se vuelve un círculo vicioso de verdad, la culpa y angustia por haber comido lo que no debías hace que te sientas mal, que empieces con pensamientos negativos hacia vos y entonces bajan los niveles de serotonina de nuevo… ¿y qué nos pasa cuando bajan? 

Y por otro lado está la dopamina: un neurotransmisor relacionado con el placer y los circuitos de la motivación, premio y recompensa en lo que es la relación con la comida, consumo de sustancias como tabaco, alcohol y otras drogas y en actividades como ejercicio físico, compras, tener sexo.

En esta parte es donde refuerzo mi idea que la comida calórica y llena de hidratos de carbono es una droga. Porque lo que sucede en nuestro cerebro es que la primera vez que comemos un alimento de ese estilo, rico en grasas y azúcares, el cerebro libera dopamina de acuerdo al grado de placer que nos genera comerlo. Entonces, el cerebro se queda con esa experiencia y nos motivará a buscar ese tipo de alimentos porque lo que busca es esa sensación de placer.

Ahora bien… ¿qué genera que bajen las dosis de serotonina y dopamina? Seguro hay muchas pero yo me voy a centrar en el tan famoso estrés que, en grandes cantidades y durante mucho tiempo, ocasiona lesiones severas en nuestra mente y cuerpo.

Hasta acá parece una clase de biología y espero no haber sido aburrida. Pero lo que quiero compartir es que con toda esta información logré entender lo que me sucede. Ya no es un “no sirvo para nada, no puedo ni siquiera lograr seguir una dieta”. Los primeros días, cuando me daban ganas de comer pan o algo dulce con desesperación, pensaba e intentaba registrar qué me estaba pasando como para necesitar aumentar la serotonina y dopamina. Básicamente ver qué me genera estrés. Pero después me di cuenta que en vez de querer evitar lo que me genera estrés (que sí, que es importante y quiero modificar esas situaciones) puedo buscar alternativas para elevar la serotonina y dopamina. 

Sería algo así como volver a educar mi cerebro y que encuentre el placer y la recompensa en alimentos saludables y que no me perjudiquen la salud (en mi caso, que no eleven mi índice glucémico porque tengo resistencia insulínica).

 Y no solo sería con la comida, sino también con otras actividades. Con esas que yo quiero hacer. Que me conectan conmigo, con el arte y la escritura. Tener una rutina semanal de ejercicio físico. Poco a poco estoy cambiando mis hábitos. 

Entender y aceptar que hay días que tengo mayor energía que otros. Y, por ejemplo, si no tengo ganas de escuchar o ver malas noticias, ese día escucho música, no entro a Twitter, en la televisión pondré series que ya vi. 

 

Todo esto que estoy haciendo es parte de mi compromiso con respetarme. Ya no es una palabra vacía. Ya no es utopía. Lo estoy haciendo. Y me hace muy bien.





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