Día 7 | Meditación del perdón

Este libro que estoy leyendo, “Cómo perdonar… una terapia de libertad”, además de ofrecer doce etapas para encontrar el perdón auténtico, habla de una especie de meditación para realizar y vivir una experiencia de perdón.

Personalmente, me gustan mucho los momentos de meditación que logro mechar en mis días.

No importa que sea un minuto, cinco o veinte.


Cerrar los ojos y comenzar a prestar atención en mi respiración me da mucha paz. También siento como meditación los momentos en que me pongo a dibujar mandalas y zentagles y luego los pinto.


Antes estaba como obsesionada por conocer “la” mejor técnica de meditación.


Con el tiempo entendí que no existe una sola forma de meditar (ni de hacer las cosas) y que, dependiendo de mi estado y momento, hay diferentes formas de practicar la meditación.


Prefiero más las meditaciones en las que hay sonidos, como el del agua al caer o de unos cuencos tibeteanos antes que el silencio. También aquellas que son guiadas.


El libro te da el consejo de grabar en “una cinta” (me dio la pauta de que el texto tiene, por lo menos, 20 años o lo escribió alguien no muy tecnológico) y me pareció genial.


Es más, me divirtió mucho la idea de hacer un vídeo como los que hay en YouTube para pasármelo al celular y así poder reproducirlo mientras hago la meditación del perdón.


Subí el vídeo a YouTube por si a alguien le sirve y también voy a compartir la transcripción por si alguien más quiere hacerse su propio vídeo e intentar vivir la experiencia del perdón auténtico a través de esta meditación.

 



 
Transcripción de la meditación
para alcanzar el perdón auténtico.


“Cerramos los ojos y comenzamos a poner atención a nuestra respiración. Observa como entra el aire y se llenan tus pulmones. Mantenelo unos segundos y despacio, soltalo por la boca.


Poco a poco, centrá tu atención en los movimientos de tu corazón. Observa sus latidos y su calor.


Ahora piensa… “¿Qué representa el perdón para mí? ¿qué nueva calidad de vida podría proporcionarme?”


Recuerda una experiencia positiva en la que tú hayas sido perdonado.


Tómate tiempo para saborear la alegría de ese perdón.


Ahora, deja asomar en vos el recuerdo de la persona con la que estas resentido. Mírala. Escuchala.


Con mucha atención a lo que sentis, deja que se aproxime esa persona que habías expulsado de tu corazón.


Toma conciencia de los bloqueos que pueden producirse en vos en este momento.


Deja surgir todas las emociones y sentimientos. Tómate tiempo para identificarlos bien y aceptarlos.


Si tus emociones son demasiado fuertes, no sigas.

Tómate tiempo para digerirlas y asimilarlas antes de continuar.

Si te sientes bien, sigue dejando aproximarse a la persona que quieres perdonar. Continúa observando lo que pasa en vos.


Cuando te sientas preparado, déjala entrar en tu corazón y susúrrale: «Te perdono».


Dirígete a su corazón y, con tus propias palabras, a tu manera, decile:


«Te perdono todo lo que me has hecho en el pasado, de manera deliberada o no, y lo que me ha hecho daño o me ha perjudicado: tus palabras, tus gestos o inclusive tus pensamientos. Te perdono; te perdono…».


Toma conciencia de hasta qué punto esa persona está sufriendo y se siente asustada y herida.


Dale tiempo para recibir tu perdón y sentirse conmovida por él.


Descubrirás que para vos la ofensa ha concluido, ha quedado remediada, que ya no influye en ti. Lo que podía quedar de resentimiento se borra con el perdón, porque sus corazones se han encontrado y reconocido con gran simpatía.


Sí, con el perdón, todo terminó.


Observa como ahora, es una persona liberada, transformada y rejuvenecida por tu perdón. Déjala seguir su camino, deseándole la mayor felicidad posible.


Date tiempo para saborear la curación. Agradece que te hayan concedido esta posibilidad de perdonar.

Gracias, gracias, gracias.

Ahora, antes de abrir los ojos, tomate unos segundos para volver a concentrarte en los latidos de tu corazón. Observa como late cada vez que entra aire en tus pulmones.


Observa tu respiración.


Estas sonriendo. Eso es bueno.


Ya puedes abrir los ojos.”



—–

Imagen extraída de aquí

Cuando dejé de preguntar el por qué por un para qué, la forma en la que vivía cambió. Empece a escribir como forma de refugio, de escape a la realidad. Con los años, aprendí que la escritura me ayudaba tanto para liberar emociones como para sanarme.

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