30 días de mí | Día 7

Día 7 | Una foto de alguien o algo que haya tenido un gran impacto sobre vos y por qué.

 

Y no lo dudé ni por un segundo… ¡la chancha de El Bolsón! 

Abril 2013. Estaba en una de las granjas que se autodenominan ecológicas. Horacio, el dueño, nos invitó a pasar unos días para conocer y trabajar a cambio de comida porque en ese momento viajaba en motorhome y no hacía falta alojamiento. Bueno, el espacio para estacionar.

Hacía un año que había decidido no comer carne de ningún animal. En ese momento, la elección tenía que ver con un tema de salud y experimentar que cada vez que comía carne mi cuerpo sufría síntomas como si estuviera de resaca.

No era la primera vez que excluía a la carne de mi alimentación. Pero siempre tenía que ver con como me sentía con mi cuerpo. No pensaba tanto en los animales. Hasta que llegué a esa granja.

Luego de la primera recorrida por el lugar, pedí que mis tareas no tengan relación con los animales. Ni siquiera alimentarlos. Empecé a mirar con otros ojos y me parecía todo un horror. Como una cárcel. Y no quería ser parte.

Solo me iba a dedicar a la parte de la huerta y a cocinar para todos los voluntarios que trabajaban en el lugar.

Al tercer día me enteré que una de las chanchas estaba por tener sus hijos. Que seguro iba a ser ese día porque era cambio de luna. Tomé coraje y fui hasta el granjero a verla. Me daba curiosidad.

Y allí estaba ella, recostada y con la respiración entre cortada. Quería entrar al corral para ponerme al lado de ella y hacerle sentir que estaba acompañada. La escena de verla sola me causó angustia.

Cuando comenzó el parto me corrió una sensación por todo el cuerpo. No sé bien cómo explicar esa sensación. Era la primera vez que presenciaba un parto. Y ahí estaba. El tiempo parecía detenido. Con cada cerdito se me hacía un nudo en la garganta hasta que no empezaban a moverse.

Fueron diez cerditos los que parió la chancha. Durante el día en mi cabeza no paraba de repasar la escena del parto. Como si estuviera buscando algo. Cada tanto iba a ver que estuviera todo bien. Y sonreía con lo que veía.

“¿Qué diferencia hay entre la chancha y sus chanchitos a una madre con sus hijos?”

Esa pregunta apareció en mi mente y me hizo un clic. ¿La diferencia es que ellos son animales? Nosotros también lo somos. ¿Por qué hacemos esa diferencia como si fuéramos superior al resto de los animales?

Al otro día, cuando fui a buscar las botellas de leche que se ordeñaban de la vaca Francisca, la vi a los ojos y me di cuenta que para que ella diera leche tenía que tener un hijo. Es mamífero. Las mujeres no damos leche porque sí. Y la respuesta estaba del otro lado del cerco.

Un ternero hermoso. Su hijo. Apartado de su madre. Por alambres de púas. Y en ese mismo momento empecé a escuchar mugidos en mi cabeza, los mismos que se escuchaban durante el día. Ese que seguramente significa “mamá, ¿dónde estás?”.

Y lo mismo me pasó con los cabritos y las cabras. Apartados de sus madres. ¿Por qué?

“Porque se toman toda mi leche”. Esa fue la respuesta.

Y en ese momento, un fuego me subió desde el estómago pero no me animé a dejarlo salir por la boca. Pero tenía ganas de gritar “no es tu leche, es la de ellos, las madres producen leche para sus hijos”.

Ese día me tocaba hacer dulce de leche casero. Mientras revolvía miraba la leche y no podía dejar de pensar en que no era para nosotros. Tristemente recordé la canción del jardín de infantes que dice la vaca nos da la leche. Y no, no nos da nada. Se la quitamos. Y ahora entendía porqué Horacio tenía que atarle las patas a Francisca para ordeñarla. La vaca no nos da nada, se lo quitamos, la obligamos.

Los días iban pasando y yo tenía una angustia porque la cabeza no paraba de pensar y reflexionar sobre todo. Sí, absolutamente TODO.

Ir al lugar donde estaban las gallinas. Ver algunas sin plumas. Unas diez en un lugar reducido, no podían moverse como querían porque se chocaban con otra y eso generaba estrés. Nueve gallinas y un gallo. Un día, fui a buscar los huevos que se usaban para la comida de los voluntarios y pregunté: “¿Cómo sabemos que este huevo no está fecundado si las gallinas viven con el gallo?”. La respuesta fue: “No lo sabemos pero si no reciben el calor de la gallina ya está, no hay pollito”.

Un día trajeron de Buenos Aires unas cajas con agujeritos. Cuando abrió una, el corazón se me paró. Era una caja que tenía varios comportamientos y en cada uno había un pollito chiquitito. Algunos estaban muertos por aplastamiento. Veía la escena y no me entraba en la cabeza.

Los que lograron sobrevivir, eran puestos en un espacio donde tenían comida balanceada (sí, como la que se le da a perros y gatos domesticado) y una luz muy fuerte las 24 horas. Inocentemente pregunté si esa luz era para darles calor. No, esa luz es para que no duerman y coman todo el día. El alimento tienen un aditivo que los hace no poder parar de comer y así engordar lo más rápido posible.

Todas las tardes iba al “chiquero” que es donde estaban la chanchas con sus chanchitos y me los quedaba mirando. ¡Era re lindo verlos crecer!

Al décimo día se me acerca Horacio y me dice “no te encariñes mucho que estos tendrán la manzana en la boca en nochebuena”.

“¿Qué? ¿Cómo? Pero si para ese entonces tendrán solo ocho meses.”

“Y sí, cuanto más bebe, más tierna la carne. Por eso la carne de ternera, porque es de terneros.”

No les puedo explicar la angustia y enojo que me causó esa revelación. Lloré, lloré mucho al darme cuenta de lo que era cómplice con mis acciones. Me odié y odié que no me hayan dado esta información cuando era chica para elegir qué quería hacer.

Los últimos días en la granja ecológica la pasé fatal. Ya no podía ver a los ojos a los animales. Me salía pedirles perdón. Pero con eso no bastaba.

Las siguientes semanas me las pasé leyendo en internet. Corroborando lo que había visto con mis propios ojos y buscando alternativas. La palabra veganismo la conocía. Sabía de qué se trataba. Nada más que siempre pensé que era imposible. Pero con todo lo que había en mi mente, ese imposible se convirtió en necesidad. Necesitaba dejar de ser parte de la industria del terror, la explotación y el asesinato.

La otra persona a la que siempre estaré agradecida es con Marta Aliano. Ella fue la que me hizo terminar de dar el paso. Contándole mis ganas de dejar consumir todo tipo de producto de origen de animal. Que hacía semanas los evitaba pero que, por ejemplo, en ese momento me daban ganas de tomarme un café con leche y no tenía leche vegetal.

Me acuerdo que me preguntó si tenía nueces y una minipimer o licuadora. A los cinco minutos estaba disfrutando de un rico café con leche de nuez.

 

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Dinámica creativa: “30 días de mí”

 

Día 1 | Una foto tuya actual y 15 datos interesantes y random sobre vos.
Día 2 | Explicá el significado detrás del nombre de tu blog
Día 3 | Una foto tuya de hace exactamente 4 años y explica en qué andabas en ese momento.
Día 4 | Un habito que desearían no tener. Explayate. Descargate.
Día 5 | Una foto de un lugar que te haya y porqué.
Día 6 – Super héroe favorito y por qué. Y nada de una persona que admires mucho. No, estamos hablando de los comics y los dibujitos y las películas. Usá la imaginación, carajo.

 

 

 

 

Cuando dejé de preguntar el por qué por un para qué, la forma en la que vivía cambió. Empece a escribir como forma de refugio, de escape a la realidad. Con los años, aprendí que la escritura me ayudaba tanto para liberar emociones como para sanarme.

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