Sweet Liberation – Día 7: No soy una prenda de ropa, ¡soy una persona!


Sentada en el tren me distraen unas hojas de diario tiradas en el piso. ¡Qué mugrosa que es la gente! ¿En su casa también tirarán la basura al piso?

En una de las carilla hay una publicidad de un banco que te invita a comprar porque tenes un súper descuento y varios meses por delante para pagar sin interés (o eso crees).

Abajo un slogan que pretende hacerte creer que la felicidad se consigue comprando cosas y automáticamente me acordé de aquella tarde que salí corriendo del trabajo para llegar lo más rápido posible al local de deportes para aprovechar una de esas promociones “sorpresas”.
Me compre dos pares de zapatillas y un par de ojotas. Ale lo mismo. Estuvimos esperando una hora y media para que nos atiendan y otra hora para que nos traigan lo que elegimos y otra hora más para pagar. No exagero, entramos 18,30 y salimos después de las 22hs ¡Qué locura!
Me miro los pies y me encuentro usando esas zapatillas que compré en el 2009 o 2010. Si, duraron mucho más de lo que se espera. Ya tienen algún agujerito y están medio descoloridas pero no las voy a dejar de usar, no me voy a comprar otras (no de este estilo) porque tengo éstas. Ni aunque me ofrezcan el 80% de descuento.

¿El par de ojotas que compré aquella vez? Si lo use dos veces es mucho. Pasa que tengo otro y decidí usarlo hasta que se quiera jubilar.
Y así tengo pensado hacer con la ropa. Bah no, separé la que voy a usar en los próximos meses y el resto que lo reciba alguien que lo necesite más que yo. Mi ropero, hoy, se redujo a una caja chica y con eso me alcanza. Aun que creo que me sobran un par de prendas pero de a poco me voy dando cuenta y me siento tan libre de desprenderme de ellas.
En serio, antes pensaba en la imagen que podía dar poniéndome siempre los mismos dos pantalones o remeras. Sé que pensaran que uso ropa sucia pero no, mientras se seca una remera uso la otra, no es tan complicado che.
Y me acuerdo cuando conocí a Jime y Andrés (los chicos de La Vida de Viaje que viajaron en bicicleta uniendo Ushuaia – La Quiaca) y le pregunté qué llevaba de ropa, de cosas que siempre llevamos las mujeres a todos lados. Durante varios días pensaba, y creía, que yo no podría nunca vivir con 3 bombachas. De hecho, al viaje lleve como 30 más 5 corpiños. El clásico “por las dudas”, como si se necesitaba comprarme una en todo América no iba a conseguir. ¡Qué tonta que me siento! Jajajaja
Y después de todo yo no soy por cómo me visto. Lamento que este tan arraigado en la sociedad esa creencia que mi abuela materna me repetía todo el tiempo: “te reciben por cómo te ven y te despiden por como sos”. Como si una camisa blanca me hiciera mejor persona. ¡Por favor! Después de todo cuando te vayas de este mundo te vas a ir como viniste.
Y ahora que escribí de mi abuela materna, mi nona se me vienen un montón de anécdotas que viví con ella y que, gracias a que se encargo de contármelas de grande, no quedaron solo en su memoria, sino también en la mía.
No recuerdo qué edad tenía. Creo que eran unos 4 o 5 años. Yo estaba sola en Buenos Aires y vivía mitad en su casa y mitad en la casa de mis otros abuelos. A 3 cuadras había un lugar con juegos infantiles. Mi preferido era la cama elástica. Una tarde yo quería ir y ella me explicaba que faltaba una hora para que abra el lugar. Y yo que quería ir. “Virginia, hay que tener paciencia”. Cuando por fin se hizo la hora, fuimos al lugar. Y había que esperar para poder usar mi juego predilecto. “Nona, quiero saltar en la cama elásticaaaaa” y ella de nuevo explicándome que había que tener paciencia. Salimos del lugar y le pedí que me compre una bebida gaseosa, me dijo que en su casa había, que esperara a llegar. Yo me puse en nena caprichosa y ella me regañó diciéndome que tenía que tener paciencia. Al otro día ella tenía que irse a trabajar, era jueza nacional e ingresaba a las 7 de la mañana. Yo la acompañaba. No me acuerdo de esto, todo lo vivo a través de las infinitas veces que lo contó. Estaba en la cama desayunando (si, así me mimaban) muy lentamente y se hacía la hora para irnos. Entonces me dijo que me apurara porque si no iba a llegar tarde. Dice que yo la mire y con el dedo acusador moviéndolo le dije: “Nona, hay que tener paciencia y son tus palabras”.
Siempre lo relató igual. Indignada. Dijo que tuvo que sentarse en la cama, se prendió un cigarrillo y mientras me veía desayunar tranquila por dentro estaba muy orgullosa de tener una nieta tan inteligente pero estaba crispada por cómo la había cagado.
Y con mi Nona me pasa eso, me enseñó (o mejor dicho intentó enseñarme) que tengo que tener paciencia pero por otro lado ella siempre me dijo que me tenía que vestir bien si quería que la gente me aceptara. Y está bien, porque seguro que a ella también se lo enseñaron. 

¿Cuántas cosas que nos instruyeron desde chicos nos marcaron y no nos hacen bien? ¿O capaz funcionaba para esa época y no para esta? El problema está en no cuestionarnos todo lo que nos fueron diciendo. No porque ames a la persona significa que todo lo que salga de su boca debe ser tomado a raja tabla. Tantas frases que uno dice porque siempre se dijeron y esconden unos mensajes súper negativos y contradictorios.
Yo misma digo que no soy racista y más de una vez he dicho que “trabajé como negra” luego de una jornada bastante extensa e intensa de trabajo. Y si te pones a pensar, es como que estás diciendo que las negras está bien que laburen mucho. Es horrible, ¿no?
Hace rato me vengo cuestionando todo. Cada cosa y me encuentro asombrada y hasta horrorizada. No sé si está bien o está mal lo que hago, pero me gusta eso de entender de dónde vienen ciertas frases, creencias, actitudes. A veces no para cambiarlas, si no para entenderlas. Y para entender al otro. Me gusta hablar con otras personas sobre todo lo que me voy planteando. ¿Por qué? Porque el que tengo en frente es un espejo. Me refleja. En los miedos, en el sufrimiento, en las alegrías del otro puedo verme a mí también. Por eso es tan importante hablar, comunicarse, relacionarse para aprender, para crecer. 
Cuando dejé de preguntar el por qué por un para qué, la forma en la que vivía cambió. Empece a escribir como forma de refugio, de escape a la realidad. Con los años, aprendí que la escritura me ayudaba tanto para liberar emociones como para sanarme.

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