Celebrar los cambios

Hoy estoy contenta conmigo misma. Estoy orgullosa y celebro el cambio que hubo en mí. Ayer hubo una situación que, en otro momento de mi vida, hubiera reaccionado mal. Es que, de hecho, al principio me lo tomé mal. Sentí por dentro un enojo. Venía desde el estómago. Hasta era como si me estuviera traicionando por solo comentar que podríamos cambiar de plan. 

Cuando en una discusión con mi madre, ella me dijo “sos una puta controladora”, lo más me molestó fue que me diga controladora. “¿Controladora yo?”. Recuerdo que a la siguiente sesión de terapia lo conté totalmente ofendida. Y también recuerdo cuando Natalia, mi psicóloga, me miró y me dio la peor noticia: “sos controladora en el sentido que querés tener todo bajo control”. Y me agregó algo peor… ¡También soy estructurada! ¿QUÉ? Eso sí que no lo podía tolerar. ¿Estructurada yo? ¿De qué hablan? Siento que de una persona muy diferente a la que me considero porque si dos no sentían que eran parte de mí es ser controladora y estructurada.

Yo relacionaba ser estructurada con mi padre. Con todo lo militar que era mi padre. Y claro, era algo terrible. Me despertaba el miedo de convertirme en un monstruo como él, no sé, a través de un gen que tenga. Ser estructurada era sinónimo de retrógrada, conservadora (que también aprendí que lo soy pero en otro sentido de la palabra). Y claro, lo que hice todo este tiempo fue resignificar y las palabras también se resignifican. 

Lo de controladora me costó entender porque al principio creí que hablaban de la persona que quiere controlar a los demás y todo. Pero no. Al igual que la palabra estructurada, tiene diferentes matices.

El otro sentido de la palabra controladora es querer tener las situaciones bajo control para sentirme segura. Son diferentes. Una tiene que ver con el ego y la incapacidad de delegar por creer que nadie puede hacer las cosas mejor que yo o que si no lo hago yo, no va a salir bien y la otra tiene que ver con el miedo de que las cosas no salgan o no funcionen según lo planeado. Y está relacionado con haber sufrido algún hecho traumático y al no haberlo podido trabajar, quedás con miedo a que otra vez va a suceder o te imaginás que van a pasar cosas horribles. Por eso busco como estar pendiente de que todo esté bien, es para sentirme segura.

Igualmente, haciendo analisis de mí misma, identifico que en algunas situaciones siento que sino lo hago yo, no se va a hacer bien. Pero en los últimos años trabajé mucho en equipo y aprendí a delegar y a bajar la expectativa de que todo va a salir perfecto. Me ayudó muchísimo la paciencia de personas cercanas a mí. Y también hice mi parte: el manifestar lo que me pasaba cuando las cosas no salían como yo creía que tenían salir para que sean perfectas. El darme cuenta que hay personas que saben que las cosas no van a salir perfectas me voló la cabeza. Y más todavía que me digan que está bien que así sea. Ufff ni te digo.  

Una de las cosas que más sufría, o intento sufrir cada vez menos, son los cambios de planes. Sobre todo los que son a último minuto. Me generan una ansiedad incontrolable. Lo vivo hasta como una traición. Yo me armé mentalmente todo un esquema. No podés venir a romperme todo. Para graficarlo sería como todo un mueble de estantes bien acomodado con libros, fotos, piedras y adornos y alguien o algo entra y patea todo. Las cosas se caen de la estantería. Hojas de libros salidas de la costura, piedras con signos de haberse rajado, los adornos de vidrio o cerámica rotos en mil pedazos. Y yo ahí, viendo todo sin poder hacer nada. Esperando a que termine de destruir todo para volver a empezar a armar y rescatar lo que quedó. 

Es muy duro vivir de esta forma, ¿no? Y si te estás preguntando por qué lo vivo así es porque quizás no leíste todo lo que escribí en este espacio. Y acá hago una pausa para decir que una cosa es escribir y descargar y otra cosa diferente es volver a leer lo que escribí y analizar. Me encontré con muchos textos que ni me acordaba que los había escrito y que cuando los leí fue muy fuerte. Pero ciertamente releerlos me ayudó a analizar y entender muchas de mis actitudes. 

 

 

Quiero poner algunos ejemplos para graficar lo que pasa por mi mente en situaciones que no puedo controlar.

Viajando por la autopista. Maneja Ale. Ya de por si, después del accidente que sufrí cuando tenía doce años, volver a subirme a un auto que maneja otra persona es una decisión que la experimento como algo de vida o muerte. No, no me pasa con los medios de transportes porque no sufrí algún accidente en ellos. Aunque sí, reconozco, que es muy raro que me suba en el primer o último vagón de un subte o tren. O que use los asientos de adelante del colectivo. Los últimos asientos tampoco son mis favoritos. Y del avión, bueno… lo que he trabajado para reducir el estrés que me produce TODO lo relacionado con subirme a un avión. 

Volviendo al ejemplo que quería dar. Viajando por la autopista, iba un auto delante nuestro con un colchón de dos plazas arriba. No estaba muy bien sujeto aunque tampoco sé cómo es que esté bien sujeto. Pero para mí era una amenaza y ya me estaba imaginando qué sucedería si el colchón se caía. Que si iba una moto, lo levantaba por el aire. Que el auto que tenía atrás clavaba los frenos y eso hacía que el camión también lo haga pero la carga se salía del camión y empezaba a dar vuelcos aplastando otros autos. Sí, todo eso se imagina mi mente cuando veo que un auto lleva un colchón mal atado arriba. Un colchón o cualquier cosa. Obvio que obligo a Ale a que se aleje de ese auto. 

Durante mucho tiempo sufrí en silencio y soledad todos esos monstruos que aparecían en mi mente. Ahora hasta aprendí a reírme de mí misma. Es más, Ale ya me conoce y hasta adivina lo que estoy pensando frente a ese tipo de situaciones. 

Ojo, que esté diciendo que me puedo reir no significa que aún no lo sufra. El miedo te paraliza. El miedo te angustia. Tener miedo y no saber bien a qué o por qué te genera ansiedad. 

Otro ejemplo. Estábamos con Ale en Ushuaia con ganas de subir hasta el Glaciar Martial. Había mucho hielo y nieve en el piso. Empezamos a subir y claro, había veces que resbalas. El miedo se apoderó de mí. ¿A qué le tenía miedo? ¿A caerme al piso? SÍ. Ale no entendía porque para él “más del suelo no pasás”. Ok, lo entiendo. Pero yo tenía miedo de caerme y golpearme el “huesito dulce”, quebrarlo y quedar paralítica para siempre. 

Sí, ya se. Debes estar pensando “qué exagerada”. Hasta Ale me dijo que debería tener más miedo a caerme y quebrarme una muñeca. Y para que lo sepan, eso no se hace cuando una persona tiene miedo porque me sumo algo más a qué tenerle miedo. 

Los días siguientes quedé muy mortificada pensando en por qué tenía ese miedo. De dónde viene. Y, como suele pasar, mi mente a través de recuerdos y sueños me lo dijo. Cuando era chica hacía patín artístico. En una de las tantas caídas que tuve, me quebré el “huesito dulce” o coxis. Volví a quebrarme el coxis unos meses después. El doctor que me atendió no tuvo mejor idea que decirme que tenía que cuidarme de caer más porque si me quebraba el coxis por tercera vez seguramente habría que operarme porque podría quedar paralítica. Tenía unos 8 o 9 años cuando me dijeron esto. 

¡¿CÓMO NO VOY A TENER MIEDO A CAERME?! 

Desde que pasó esto de encontrarle un sentido a un miedo que creí irracional o sin sentido, me propuse encontrarle el sentido a otros miedos que tengo. No se si con esto dejaré de tener miedo. En algunos casos sí, en otros es más difícil o tengo que trabajar bastante. 

Le tengo miedo a los murciélagos. Y vos podés decirme “sí Vir, porque puede morderte y contagiarte enfermedades”. Bueno, no. Ese no es mi miedo. Mi miedo es que se me enrede en el pelo. Ya puedo escucharte diciendo bien fuerte “¿QUÉ?”. Pero, buscando en mis recuerdos y con ayuda del inconsciente, recordé que cuando vivía en Bahía Blanca había muchos murciélagos que se metían en los taparrollos. Y lo que nos decían es que teníamos que tener cuidado porque se nos podrían enredar en el pelo queriendo escapar de la luz. No sé si es verdad. Pero el miedo lo tengo y lo trasladé a otros pájaros. El terror es que me aleteen cerca del rostro. Me produce miedo y asco al mismo tiempo. Y es el día de hoy que no me paralizo cuando hay palomas en mi camino. Soy capaz de cruzar de calle. 

 

 

A lo que voy con esto que escribo, porque la idea no es contar todos mis miedos, sino como dice el título: celebrar los cambios.

Y es que después de mucho tiempo y trabajo, los estoy sintiendo, los estoy viendo, los estoy experimentando y me da mucha pero mucha paz. Y felicidad. Porque por más que sean pequeños o grandes, no importa. Yo creía que la vida estaba dada por qué sí, que todo lo que viví cuando era chica se iba a repetir o incluso empeorar de grande. Por eso en varios años hasta tiré la toalla. Y ahora creo que no es así. Que el pasado es pasado y no lo puedo cambiar. Es mi historia. No debo perder tiempo en querer cambiar algo que no puedo. Eso es hasta tonto. Tengo que enfocarme en resignificarlo, quizás para que ya no duela tanto, y crear el presente que quiero. Porque sí, porque puedo. Y porque merezco que me pasen cosas buenas como a otras personas. 

Voy a seguir escribiendo sobre mi pasado, aunque a veces me frustra pero porque entendí que escribo sobre mi pasado para conocer todos esos aspectos de mi presente que no entiendo. En vez de estar enojada porque tengo miedos sin sentido, me siento, me tomo el tiempo de reflexionar, analizar. Una vez que encuentro el por qué, me es más fácil amigarme conmigo misma. 

Y este momento, que creí que nunca iba a llegar, llegó. Llegó el momento de celebrar los cambios y de sentirme un poco más libre. 

 

 


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Un Comentario

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