Querer morirse con 7 años

“¿Una niña queriendo suicidarse? No podría imaginar el por qué.”

Así de incrédula era la profesional que tenía delante de mí.

Como si no me hubiera sido suficiente todo el desprecio vivido en mi corta vida, tenía que soportar que ahora no creyeran lo que decía, lo que sentía, lo que me dolía.

Y yo la miraba entre las lágrimas. Una furia me quemaba por dentro. Tenía ganas de gritar y gritar, y patear y romper todo, todo, todo.

“¿Por qué me duele tanto? ¿Por qué? No quiero sufrir más, por favor.”

Ella me seguía viendo, esperando una respuesta.

Necesito un abrazo, que alguien me proteja. ¿No lo ve? ¿No se va a compadecer de mí? ¿Solo va a hacerme creer que todo es mentira, tapando lo que sucede como hace mi familia?”

Eso quedaba a mitad de camino. Atrapado en la garganta que solo me dejaba respirar mínimamente.

“¿Preferís dibujar o querés hablar?”

“¿Dibujar? ¿De qué me sirve dibujar si cuando vuelva a esa casa voy a seguir sufriendo? ¿Alguien va a hacer algo o siempre será así?”

Un infierno. Una vida donde unos te maltratan y abusan de vos mientras otros se acobardaban y dejaban que suceda. ¿Por miedo? ¿Por vergüenza? ¿Por amor?

Yo tenía siete años. Vivíamos en un tercer piso. No se qué hice o qué dije. ¿Acaso hay un motivo que lo justifique?

Estaba tirada en el piso contra el rincón. Todavía no había aprendido a escaparme y esconderme bien.

Recuerdo la ventana blanca con marcos de metal. La recuerdo porque mi cabeza golpeó varias veces, rebotando a causa de los golpes en mi cara.

No tenía un balcón. Solo una baranda.

Cuando terminó con su violencia hacia mí, miré hacia abajo y anhelé caer. Si, caer. Abrir las ventas y tirarme. Liberarme.

“¿Cómo sabías que si caías, te ibas a morir?”

Esa pregunta escondía su desconfianza sobre, no solo de lo que estaba contando, sino de lo que viví, sufrí, padecí.

No le respondí hasta pasado unos minutos. Debía analizar si confiaba realmente en decirle la verdad. Total, si no me iba a creer, ¿para qué iba a seguir desnudando mi sufrimiento frente a ella? ¿Para aumentar el dolor de la indiferencia y la falta de empatía?

Entrelacé mis dedos de mil formas mientras esperaba recibir otra pregunta, otra orden de que siga hablando.

“¿Vos sabes que si te caías, te ibas a lastimar mucho?”

Y asentí con mi cabeza y más lágrimas que salían, sin poder detenerlas, de mis ojos.

“¿Y por qué lo querías hacer?”

Levanté la mirada. La sostuve durante varios segundos mientras le pedía a mi garganta que deje pasar las palabras que tenía por decir.

“Porque quería que deje de pegarme”

“¿Por qué iba a dejar de pegarte si te caías y te lastimabas?”

Mis hombros se elevaron y mi boca se frunció.

“Capaz le daba lástima y dejaba de hacerlo”

“¿Eso creías?”

Agaché la cabeza y apreté bien mis ojos y toda la piel de mi cara.

¡No se! ¡No se! ¿No se da cuenta de lo que estoy diciéndole? ¡Tenía siete años y quería tirarme de un tercer piso para que se termine el horror!

Más lágrimas salían de mis ojos. Quería un abrazo, un simple abrazo. ¿Tan difícil es dar un abrazo? ¿Tan difícil es hacerle sentir a una persona que nada malo le va a pasar, aunque sea por un momento? ¿Qué tengo que hacer para que alguien se apiade de mí y me dé un maldito abrazo?

La tristeza y el enojo se apoderaron de mí. Y yo solo lloraba.

Levanté mi mirada otra vez. Ella seguía inmóvil, esperando una respuesta.

Su impaciencia la llevó a una nueva pregunta que me dejo sin palabras:

“¿Y por qué no lo hiciste?”

“No sé”

“¿Miedo a sufrir?”

Sacudí mi cabeza para ambos lados.

¿Miedo a sufrir? No recuerdo un solo día en que no me haya pegado y usted cree que tengo miedo a sufrir. ¿A sufrir más de lo que ya no conozco?

Seguía esperando una respuesta y yo solo me quería ir. Quería que mi mamá llegué y me saqué de ahí. Me dijo que esta señora me iba a ayudar, pero no resultó ser así.

“Me quiero ir”

“¿Por qué?”

“Porque no me gusta estar acá”

“¿Por qué?”

¿Solo va a preguntarme por qué? ¿Tengo que tener un motivo para no querer estar en un lugar donde siento que no me tratan como quiero que me traten y como teóricamente deberían tratar a una niña?

Lo último que recuerdo es llorar y llorar y querer que todo se termine de una vez.

Cuando dejé de preguntar el por qué por un para qué, la forma en la que vivía cambió. Empece a escribir como forma de refugio, de escape a la realidad. Con los años, aprendí que la escritura me ayudaba tanto para liberar emociones como para sanarme.

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