Por qué me hace bien escribir

 ¿Qué significa escribir para mí? 

 

Sí me preguntas el momento exacto que escribí por primera vez, puedo decirte que lo recuerdo.

Los que estaban al lado comentan que faltaban pocas semanas para que cumpla cinco años. Me dieron una hoja en blanco y una lapicera. Escribieron mi nombre en imprenta mayúscula y me pidieron que lo copie lo más parecido posible.

Pero no fueron años después que descubrí que escribir no es solo copiar y juntar letras y palabras.

Todo empezó con el típico regalo a una nena de unos 9 o 10 años: un diario íntimo.

La parte más difícil era elegir ese nombre al cual le ibas a escribir y contar tus secretos. Y me acabo de dar cuenta que siempre elegí nombres de hombres. Algo que no sé si debería analizar a esta altura de mi vida (ya no lo escribo a otro sino a mí).

El acto de escribir lo que me iba pasando día a día me ayudaba a sobrellevar lo que pasaba puertas adentro y que nadie se animaba a hablar. También lo que ocurría puertas afueras y que me daba vergüenza contar o no tenía a quien.

Minutos antes de acostarme era el momento de abrir el diario, colocar la fecha y comenzar a relatar lo que había pasado durante el día y qué me había hecho sentir. Eso me liberaba. No tengo ninguna duda.

Pasaban los años y los diarios íntimos llenos de brillitos, mariposas y corazones no iban de la mano con la mujer que iba creciendo. El mejor reemplazo fueron los cuadernos que también decoraba a mi gusto. En la primera hoja escribía “diario íntimo” y listo. Ya estaba preparado para recibir mis kilómetros de tinta.

Así fui desarrollando un hábito de escribir. Lo hacía sin reparar en la ortografía ni en la gramática. Solo escribía. Soltaba todo lo que tenía adentro y lo transforma en palabras.

La marca en mi dedo mayor era lo que delataba las horas con la lapicera en mano.

¿Pero por qué escribía? ¿Se solucionaban los problemas escribiendo?

Lo que lograba era sentirme acompañada. Que alguien más (por más que sepa que una cosa no es un “alguien”) sepa lo que me pasaba.

Cuando tenía 14 años leí el Diario de Ana Frank y entendí porque yo escribía el mío. Le dio sentido a mi pasatiempo preferido.

Si algo me pasaba, todas mis palabras reflejarían lo que fui viviendo y ayudarían a entender mi vida.

Encontré en el pasatiempo de escribir un refugio. Mi refugio. Ahí, era yo que decidía qué vivir, qué recordar, qué imaginar.

Escribía lo que me ocurría y, al mismo tiempo, hacía reflexiones sobre cómo me hubiera gustado que fuera mi día. Qué hubiera cambiado.

En ese momento no sabía que estaba usando la escritura como terapia. Que me animaba a confesarle al papel lo que ni mis mejores amigas conocían.

Yo solo seguía escribiendo porque me sentía bien. El por qué no me lo planteé hasta hace unos años cuando mi cuerpo explotó de angustia (literal).

Varios me preguntan si no siento incomodidad al exponerme de manera tan abierta. Capaz no tomé conciencia o simplemente no es algo que me preocupa.  Incomodo, para mí, es no poder expresarse y que la angustia se vaya apoderando de tu ser poco a poco. Y la escritura es el puente que uso para combatirla a ella.

Fuente: Pinterest.

Escribo para sentirme libre.

Porque no es que yo me siento frente a la computadora o un cuaderno y me pongo a tipear el teclado, escribir sin parar ni pensar (a veces sí).

No. No lo hago así.

Me hago preguntas. Me respondo.

Si pasa por mi mente un recuerdo que estaba jugando a las escondidas, le canto “piedra libre” y escribo todo lo que siento, pienso, reflexiono. Una especie de resucitar de la memoria y reconstruir.

Reconstruir porque también empecé a notar que puedo darle otro significado. Lo puedo sacar del lado de lo que “me hace mal” o pasarlo hacia el espacio donde perdono y curo mis heridas para poder despojarme de la angustia y la ansiedad.

Escribir, para mí, es una forma de ordenar, de sacarle el polvo aquello que se encuentra enterrado y limpiarlo, de cambiar las etiquetas, de hacer catarsis, de batallar guerras, de generar revoluciones, de meditar, de quitarle o reasignarle poder a los hechos, a los recuerdos, a las personas, a las situaciones.

Escribo porque me gusta la sensanción de liberación que me produce. Con cada palabra soltar emociones. Que dejen de ser prisionarias en mi ser o, al revés, que yo deje de ser prisionera de ellas (las emociones).

Escribir, para mí, es traer al presente recuerdos vivos, es contar vivencias en primera persona, es inspirarme, es reflexionar, es desaprender y aprender todo el tiempo, es gritar a través de mis dedos, es encontrar mi camino, es sentirme acompañada.

Fuente Pinterest

Escribo porque me gusta observar todo desde otra perspectiva.

Escribo para tener ese espacio mío y solo mío donde no tengo que maquillarme ni buscar el disfraz adecuado. Cuando escribís desde el alma, atrás queda eso de tratar de agradarle al otro. Porque el otro es un simple espectador. Cuando escribo somos yo y ella, la escritura, mis palabras.

Escribir me ayuda a analizarme. Observo y medito mi historia desde afuera. Me pongo en el lugar de los otros protagonistas para tratar de entender la trama y poder elegir el desenlace.

Escribo porque siento que dejo una huella. Que cuando ya no esté físicamente, mis palabras serán las encargadas que mis recuerdos sigan vivos. De no pasar desapercibida, de no dejar un simple rastro numérico (nació el 22 de octubre de 1984 y murió el…).

Escribir vendría a ser mi forma de ser inmortal. Porque lo admito. Le temo a la muerte. Pero también a la vida.

Escribo para que mis sueños no mueran al amanecer. Y escribo para soñar despierta durante la noche.

Escribir las historias que mi imaginación me permite.

Pero también, hoy, después de una larga búsqueda personal, escribir se transformó en el medio para sentir que todo lo que me tocó vivir tiene un sentido.

Y es el de ayudar a otros.

Ayudar a que también se sientan acompañados, que sepan que no están solos, que puedan encontrar en la escritura un refugio, una terapia, un espacio íntimo (más allá de que lo publiques o no). Un lugar para reír, para llorar, para traer al presente el pasado, no para vivirlo, sino para curarlo e imaginarse un futuro, no para esperar a que suceda, sino para trabajar y construirlo.

Escribir. 

Una sola palabra, tan solo ocho letras que no tienen un solo significado.

 

Cuando dejé de preguntar el por qué por un para qué, la forma en la que vivía cambió. Empece a escribir como forma de refugio, de escape a la realidad. Con los años, aprendí que la escritura me ayudaba tanto para liberar emociones como para sanarme.

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