Círculo obsesivo (me duele el reflejo del espejo)

Ya había tomado la decisión. En esta vuelta a Buenos Aires iba a llamarte para tomar un café y ponernos a hablar. Sentía (o siento) que debo cerrar un etapa y no quedarme con cosas por decir.

Fue llegar y enterarme de tu comentario al ver una foto mía.

“Qué gorda que está.”

No hay dudas que es un comentario bien tuyo. Y ahí, apareció la otra parte, la que no quería reunirse con vos, la que convencí diciéndole que nos iba ayudar a liberar emociones, y me dijo:

“No te ve hace más de un año y cuando le muestran una foto tuya lo primero que le sale es comentar sobre tu físico. ¿De verdad te querés reunir con esta persona? ¿Te vas a exponer a que te sigan lastimando?”

Y le di la razón.

Pero no solo eso. Sino que me hizo darme cuenta que gran parte del problema que tengo con mi cuerpo es porque desde pequeña recibo acotaciones constantes sobre el peso y forma de mi cuerpo.

Cuando lograiba bajar unos kilos, no era que me felicitaban. No. Se lanzaba al aire la opinión de cuántos kilos me faltaban para ver “linda”.

Nunca se trato por el lado de la salud. Nunca fue un “para mejorar tu salud”.

¡Si hasta habían averiguado por una operación de abdomen sin consultarme!

Y ahora que me pongo a pensar, que me dejo llevar por los recuerdos y me hundo en las emociones que brotaban en esas situaciones, entiendo perfectamente el por qué no quiero verte, no quiero tener relación con vos.

¿Qué necesidad de estar todo el tiempo pendiente del peso, las medidas y la forma del cuerpo?

¿Y te das cuenta que no pudiste ser feliz, no pudiste disfrutar a causa de esa maldita obsesión por el cuerpo?

Y no contenta con eso, tu actitud fue siempre no dejar que el resto lo sea sumada la envidia a las personas que lograron lo que vos no conseguiste: un cuerpo socialmente aceptado como “lindo”.

Me inculcaste el vivir condicionada a las miradas de los demás.

Todos los días me levanto y dentro de mi rutina está el verme al espejo. El ver cómo tengo el abdomen cuando mi estomago está vacío y el angustiarme hasta las lágrimas cuando después de comer la imagen cambia y llego hasta odiarme por el cuerpo que tengo y por el cuerpo que me cuesta cambiar y moldear.

Pero al mismo tiempo, tengo ese pensamiento crítico que me plantea para qué quiero bajar de peso o, mejor dicho, para quién.

¿Voy a ser realmente feliz cuando el espejo me devuelva una imagen que me agrade? O peor aún… ¿en algún momento ocurrirá eso?

 

Porque ni siquiera es que lo pienso desde el lado de la salud. Y eso es algo que no entiendo por qué no puedo hacer la conexión, por qué no puedo tomar real consciencia sobre la necesidad de tener un cuerpo sano.

¿Por qué, si a mí alrededor tenía un constante juicio sobre mi cuerpo, en vez de cuidarlo lo que hice fue darle de comer en exceso?

Y mirá qué loco… al mismo tiempo les di de comer en exceso a aquellos que se la pasaban diciéndome “estás muy gorda”, “¿No estás a dieta? ¿Por qué?”, “¿No te gustaría verte más linda y que la ropa te quede bien?” y la lista sigue.

Pará.

Porque además de haber aprendido a vivir insatisfecha con la imagen de mi cuerpo, con una angustia que me lleva a no cuidarme, a comer compulsivamente, a no poder disfrutar de salir de la casa porque lo primero que pienso es en qué ponerme para esconder mi panza, a subir a un tren o colectivo y rezar que por favor no me quieran dar un asiento y cuando ocurre, odiarme.

Si, es re fuerte la palabra, pero odio, detesto, no quiero esas situaciones en mi vida, no quiero estas emociones en mi vida.

Me alejé de todas aquellas personas que me hacen sentir incómoda.

¿A quién le gustaría ir a tomar un café con una persona, no importa si es familiar o no, que sabes que lo primero que te va a decir es algo negativo sobre tu cuerpo?

Y no me importa que sea un familiar. Dejemos de lado toda boludez de que compartís el ADN como si eso fuera más importante que tu salud psíquica.

Hay muchos que piensan que esto se resolvería bajando de peso y yendo al gimnasio. Yo también lo pensaba. Pero lamento decirles que no. Que en los momentos en los que logré amigarme con la balanza y el espejo, siempre había algo para criticarme.

¿Saben lo molesto qué es, lo doloroso y cansador qué es estar todos los días pensando en la comida?

Y no solo pensando en qué comer, también estar preocupada por cuánto voy a engordar si como eso, angustiarme porque quiero comerlo pero no lo disfrutaré en el momento ni mucho menos después.

Todo el tiempo estar pensando en empezar una dieta, por más que no sea lunes (ya te cansaste de usar esa excusa), en armarte un cuaderno e ir anotando lo que comes, en buscar en Google si existe algo mágico que te haga comer sin engordar, etc….

Ya fuiste al gimnasio, ya hiciste actividad física casi todos los días, ya hiciste la dieta esa que por 30 días no comes harinas ni azúcar, ya probaste la dieta que tres por veces semana comes solo fruta, ya intentaste seguir una dieta escrita por un nutricionista (en verdad, fueron 15 nutricionistas diferentes).

Ya aprendiste a obligarte a dormir cuando sentías hambre, también a provocarte el vómito, tuviste signos de deshidratación por pensar que el agua te aumenta de peso y no beber ni un litro en un día y, en el lado opuesto, por abusar de los diuréticos.

Ufff ¿Y te acordás de los laxantes? Si, esos que no te dejaban moverte del baño y te provocaban un dolor insoportable pero que parece que nos lo bancábamos por esos dos minutos en los que el espejo nos mostraba un estomago chato.

Ya licuaste los sólidos y también comiste hielo porque leíste que eso aumenta el ritmo del metabolismo y, teóricamente, te saciaba el hambre.

¡Hemos hecho tantas pero tantas boludeces  por esta maldita obsesión por el cuerpo!

Nos pusimos en riesgo en vida. ¿Te das cuenta de eso?

¿Y todo para qué? ¿Me podes explicar?

Y no, no nos pongamos en el papel de echarles la culpa a aquellos mayores que te pasaron la herencia tanto física como psicológica.

Sabemos que sí, que en gran parte tiene que ver pero también sabemos que si resolvemos este conflicto emocional, podemos liberarnos.

Y creo que llegó el momento. ¿No?

Que estabas diciendo que esperabas a una cierta estabilidad para organizarte, acomodarte y mucho verbos más terminados en “arte” que usaste en ese momento de excusa.

Basta de dejar para el tiempo y lamentarnos por no haber hecho algo.

Estamos conscientes que la situación tiene que cambiar, estamos conscientes que esto repercute en el cuerpo pero que la solución no está en la comida.

¿Cómo es eso?

Así como cuando me angustio no reparo nada comiendo un paquete entero de galletitas, tampoco voy a arreglar nada comiendo menos, bajando de peso y viéndome linda porque, aceptémoslo, no tengo una relación sana con la comida y las acciones pasadas, por más que tengamos identificado que no son buenas, las volvemos a repetir.

Ahora… tengo una pequeña pregunta.

¿Por dónde empezamos?

 

 

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Fuente de la imagen de portada

Cuando dejé de preguntar el por qué por un para qué, la forma en la que vivía cambió. Empece a escribir como forma de refugio, de escape a la realidad. Con los años, aprendí que la escritura me ayudaba tanto para liberar emociones como para sanarme.

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