El año en el que aceptar fue más importante que aprender

2025 fue menos un año de aprendizajes y más un año de aceptación. Un texto íntimo sobre duelo, cuerpo, escritura y conciencia.
Escrita el 25 de diciembre de 2025
Inicio 9 Diario (no) íntimo 9 El año en el que aceptar fue más importante que aprender

A fin de año solemos hablar de aprendizajes.
Listas. Conclusiones. Frases que suenan prolijas, cerradas, como si el año pudiera ordenarse del todo.

Pero este año, cuando me senté a escribir, algo no encajaba.

Durante gran parte de 2025 estuve leyendo, muy lentamente, un libro que me acompañó durante nueve meses. No fue una lectura apurada ni lineal, fue más bien un diálogo sostenido en el tiempo. El libro se llama Manual para soltar. Practicando la Aceptación Radical y trabaja un concepto que, sin exagerar, me cambió la forma de mirar mi propia experiencia: la aceptación radical.

En psicología estamos bastante entrenadas para buscar el cambio. Para mejorar, resolver, avanzar, transformar. Hay manuales, técnicas y discursos de sobra orientados a eso. Pero cuando el problema no se puede cambiar, cuando la realidad no se acomoda a lo que quisiéramos, suele aparecer el vacío. ¿Qué hacemos ahí?

Desde la Terapia Dialéctica Conductual, la aceptación no se plantea como resignación ni como pasividad, sino como una condición necesaria para cualquier cambio real. No hay transformación posible si antes no hay un reconocimiento honesto de lo que es. Aceptar la realidad tal como se presenta, aunque duela, aunque incomode, aunque no sea justa.

Leyendo y practicando esa idea durante meses, empecé a darme cuenta de algo: mucho de mi sufrimiento no venía solo de lo que me pasaba, sino de la pelea constante con eso que me pasaba. Con el cuerpo, con la historia, con los límites, con los tiempos.

Por eso, cuando miro hacia atrás, siento que 2025 no fue tanto un año de aprendizajes como solemos nombrarlos. No fue un año de grandes lecciones cerradas ni de frases inspiradoras listas para compartir.

Fue, sobre todo, un año de aceptar.

Aceptar no como rendirse, sino como un gesto profundo de realidad.
Mirar lo que hay. Mirarme. Y dejar de pelearme todo el tiempo con eso.

Lo que sigue no es un balance perfecto ni una lista prolija de conclusiones.
Es el registro, mes a mes, de un proceso que se fue escribiendo por dentro.

Enero

Enero fue un mes difícil.

El 5 de diciembre de 2024 murió Pumba, mi perra de 15 años.
Diciembre pasó casi sin pausa. Entre eventos, compromisos y movimiento, me costó frenar y llorar. El dolor estaba, pero no terminaba de caer.

Enero no tuvo ese ruido.
Y entonces la ausencia se volvió más clara.

La falta de Pumba se hizo sentir con fuerza, en lo cotidiano, en los silencios, en los gestos automáticos que ya no tenían respuesta. El duelo fue intenso y me dejó muy agotada, mental y físicamente.

Hubo algo importante que entendí en ese momento: no todo se atraviesa desde la voluntad. A veces las emociones son tan grandes que, si no hay sostén, arrasan.

Por eso enero fue también el mes en el que acepté cuidarme de una manera más amplia. No desde la exigencia de poder con todo, sino desde el reconocimiento de mis límites emocionales. Eso me permitió no ser llevada puesta por lo que sentía.

También fue clave el círculo. Elegí con cuidado a quién contarle lo que me estaba pasando. Personas íntimas, en quienes confiaba, que podían escuchar sin minimizar, sin dar consejos innecesarios, sin decir frases que dolieran o despertaran enojo.

Aprendí que pedir ayuda no siempre es pedir soluciones, a veces es simplemente pedir compañía, presencia, un espacio donde el dolor no tenga que explicarse ni justificarse.

Enero no fue un mes de aprendizaje en el sentido clásico.
Fue un mes de aceptación: aceptar el duelo, el cansancio, la necesidad de apoyo y el derecho a no estar bien.

Febrero

Febrero fue un mes en el que necesité descansar.

Necesité que la vida bajara varios cambios.
Que todo fuera más despacio.
Necesité frenar y prestar atención al cansancio acumulado que enero había dejado.

Pero descansar no fue tan simple.

Febrero también fue el mes en el que tuve que lidiar con la culpa.
La culpa de no estar haciendo algo más.
La culpa de no estar produciendo, avanzando, resolviendo.

Esa culpa, por momentos, me empujó a involucrarme en tareas y proyectos que, vistos a la distancia, probablemente no debería haber tomado. No porque estuvieran mal en sí, sino porque no me permitieron un descanso pleno.

Ahí apareció una distinción importante: no estaba descansando por decisión, estaba descansando por agotamiento.

Y darme cuenta de eso me obligó a replantearme muchas cosas.

Entendí que no alcanzaba con registrar lo que sentía.
También necesitaba ser consciente de lo que realmente necesitaba, aunque eso implicara ir en contra de la inercia, de las expectativas y de esa voz interna que insiste en que siempre debería estar haciendo más.

Febrero no fue un mes liviano.
Fue un mes necesario.
Un mes que me mostró que el descanso, para ser cuidado de verdad, también necesita conciencia.

Marzo

Marzo fue el mes en el que sentí que tenía que salir del modo descanso y empezar a activar.

Había algo interno que insistía: la sensación de que el año se me estaba yendo.
¿Entendés lo que es sentir que el año se va recién en marzo?

Hoy, escribiendo esto, puedo verlo con más claridad. En ese momento no lo cuestioné demasiado. Simplemente apareció la urgencia de darle forma a mis proyectos, de moverme, de hacer, de no quedarme atrás.

Marzo tuvo esa energía: empezar a trabajar en lo que quería construir.
Activar. Ordenar ideas. Buscar caminos posibles.

Pero también fue el mes en el que, gracias a escribir y registrar mis días, semanas y meses, pude ver algo más profundo: mi nivel de sobreexigencia.

No es que no lo supiera.
Es que una cosa es saberlo en abstracto y otra muy distinta es verlo escrito, sostenido en el tiempo, repetido en los registros cotidianos.

La escritura me dio esa posibilidad.
La de volver a este marzo desde el presente y darme cuenta de cuánto me apuro, de cuánto me mido con una vara que casi nunca descansa.

Marzo fue movimiento, sí.
Pero también fue espejo.

Abril

Abril llegó y el cuerpo, junto con la mente, volvió a decirme: bajá un cambio.

Ahí me di cuenta de algo que se repite en mí: suelo moverme de extremo a extremo.
Modo reposo o modo actividad.
Cero o cien.

Entendí, esta vez con más claridad, que no puedo vivir yendo de un extremo al otro. Que otra vez el cuerpo y la mente me estaban mostrando lo mismo: me estaba sobreexigiendo.

Y esa sobreexigencia no tenía que ver solo con lo que hacía, sino también con lo que daba.

Abril fue el mes en el que empecé a aprender a regular lo que le doy al otro.
No desde la lógica de pedir que me devuelvan lo mismo.
Sino desde algo más básico y más honesto: estar en contacto conmigo para saber cuándo decir hasta acá.

Porque me estaba cansando de dar y dar y dar.
Y del otro lado, muchas veces, no había registro de que soy una persona.
Solo pedidos. Exigencias. Demandas.

Con el tiempo entendí algo que fue incómodo aceptar: fui ingenua al creer que el otro iba a saber hasta dónde pedir o exigir, sobre todo cuando hay intereses en juego.

Abril me dejó esa claridad. Y también una decisión: empezar a poner límites. No de forma perfecta. No sin incomodidad.
Pero con la firmeza de quien ya entendió que seguir así no era una opción.

Mayo

Mayo fue el mes en el que empecé a sentirme mejor.

No porque todo estuviera resuelto, sino porque pude ordenar algunas situaciones que no me estaban gustando y, sobre todo, poner límites. Límites reales, no solo pensados.

Debo admitir que también hubo algo más.
La energía, el universo, la vida, depende de lo que cada quien crea.

Hubo situaciones que se resolvieron sin que yo tuviera que intervenir. Cosas que me incomodaban mucho y que sabía que me iban a costar enfrentar, y de repente, pum, se acomodaron solas. A mi favor. Sin exposición. Sin desgaste.

Fue como si algo supiera exactamente dónde estaba mi mayor incomodidad.

Igual, no me engañé. Entendí que eso era una ayudita, no una solución mágica. Que el trabajo seguía siendo mío. Que tenía que seguir aprendiendo a poner límites y a decir lo que siento sin miedo.

Porque hay algo importante que también tuve que aclararme:
yo no soy una persona sin filtro.
No soy alguien que habla sin pensar en el otro.

Al contrario.

Mi miedo nunca fue herir por descuido, sino al posible castigo por frustrar a la otra persona con mis decisiones y mis deseos. El miedo a perder, a ser rechazada, a que el vínculo cambie cuando digo que no.

Mayo fue el mes en el que empecé a ver eso con más claridad.
Y a elegir, de a poco, la tranquilidad por sobre el miedo.

Junio

Junio fue un mes de orden interno.

Después de años de escribir, de usar la escritura reflexiva como sostén, como registro, como espacio para pensarme y no perderme, algo empezó a acomodarse distinto. No fue una revelación repentina, fue más bien una claridad que se fue armando de a poco.

Me di cuenta de que no estaba improvisando.
Que no era solo intuición.
Que había recorrido, práctica, prueba y error.

Todo lo que fui aprendiendo y usando durante años empezó a mostrarse como algo más estructurado. Como un método posible.

No un método rígido, ni una fórmula mágica.
Un modo de escribir con intención.
Con conciencia.
Con pasos que se sostienen en la experiencia real, no en ideales.

Junio fue el mes en el que pude ver que la escritura no solo me había acompañado, sino que también había tomado forma. Que podía convertirse en algo compartible, transmisible, claro.

Todavía está en proceso.
Todavía se está gestando.

Pero algo ya sé: en 2026 voy a presentar ese método.

Junio fue ese punto intermedio entre todo lo vivido y lo que empieza a nacer.
Un mes de reconocer que nada de esto fue casual, fue constancia.

Julio

Julio fue el mes en el que celebré mi coraje y mi valentía.

No desde una épica personal ni desde la idea de “poder con todo”, sino desde algo mucho más real: reconocer que estaba mejor y animarme a confiar en eso.

La decisión no fue solitaria.
Fue acompañada, pensada, conversada.
Y yo acepté.

Aceptar que podía dar ese paso también fue aceptar que había algo distinto en mí. Más estabilidad. Más recursos. Más capacidad de sostenerme sin forzarme.

Julio me mostró que el coraje no siempre se ve como avanzar rápido.
A veces se ve como escuchar, evaluar y decir que sí cuando el cuerpo y la mente están preparados.

No fue una decisión impulsiva.
Fue una decisión consciente.

Y por eso la celebro.
Porque no nació de la exigencia, sino de la confianza.

Agosto

Agosto fue el mes en el que acepté algo fundamental sobre mi cuerpo.

Acepté que lleva marcas invisibles.
Marcas del estrés post traumático.
Marcas de muchos años vividos en estado de alerta.

Entendí que, si hoy, a pesar de todo lo que hago, los análisis no reflejan ese esfuerzo por estar bien, no es porque yo esté fallando.
Es porque mi cuerpo tiene historia.
Y esa historia dejó huellas.

Agosto me dio algo muy importante: más comprensión y más compasión hacia mí misma.

Empecé a dejar de castigarme.
A dejar de cuestionarme por qué mi cuerpo no responde como, supuestamente y entre mil comillas, “lo normal”.

Y ahí apareció otra comprensión clave: no existe lo normal. Existe cada cuerpo.
Y el mío es un cuerpo que vivió sus primeros treinta años con estrés post traumático, con un trastorno de ansiedad generalizada no diagnosticado ni tratado.

Aunque hoy esté encontrando mejoras en mi salud mental y psicológica, el cuerpo tiene otros tiempos.
No se apura.
No responde a la exigencia ni a la comparación.

Agosto fue el mes en el que dejé de pelearme con eso.
Y empecé a mirarme con más cuidado.

Septiembre

Septiembre fue el mes de una gran decisión.

Dejé de postergarme.
Dejé de vivir diciendo “me gustaría hacer tal cosa” para pasar, por fin, a hacerla.

No fue impulsivo.
Fue el resultado de todo lo anterior.

Durante mucho tiempo me quedé en el lamento, en la sensación de haber abandonado algo importante por las circunstancias de la vida. En septiembre entendí que seguir ahí ya no me cuidaba.

Sentí algo distinto: me sentí lista.
Preparada.
Segura.

Y cuando esa seguridad apareció, la acción dejó de ser una amenaza y se volvió un impulso vital. Pasé del pesar al movimiento. Del deseo contenido a la decisión concreta

.Septiembre me devolvió algo que creía perdido: el ánimo.
No el entusiasmo eufórico, sino ese ánimo más sereno que aparece cuando una hace lo que sabe que necesita hacer.

Octubre

Octubre fue el mes en el que me animé a hablar de un tema secreto de mi vida.

Un tema que durante años me generó mucho dolor y mucha vergüenza.
Un tema que no se nombra liviano.
Un tema ligado al trauma y a una creencia nuclear que me acompaña desde la infancia.

No fue una decisión repentina.
Fue el resultado de un proceso que ya venía trabajando en silencio.

Escribiendo, empecé a darme cuenta de algo clave: si no trabajaba ese núcleo, iba a seguir auto saboteándome.
Porque eso es lo que vengo haciendo desde niña, muchas veces sin darme cuenta.

Octubre no fue el mes de resolver nada.
Fue el mes de mirar de frente.

Y ahí entendí que la aceptación radical no era solo una idea teórica. El trabajo que venía haciendo durante meses con el libro Manual para soltar. Practicando la Aceptación Radical ya estaba haciendo efecto.

Aceptar no fue justificar lo que pasó.
Aceptar fue dejar de huir.
Dejar de tapar.
Dejar de actuar como si ese tema no tuviera impacto en mi vida actual.

Octubre me mostró que hay dolores que, cuando no se miran, gobiernan desde las sombras.
Y que escribir puede ser la forma más honesta de empezar a recuperar algo de libertad interna.

Noviembre

Noviembre fue un mes de mucha escritura.

Escribí mucho porque llegar a la creencia nuclear abrió una gran caja.
Una caja que llevaba tiempo cerrada, no porque no existiera, sino porque no había sido mirada del todo.

Cuando esa caja se abrió, aparecieron muchas emociones juntas.
No ordenadas.
No prolijas.
Emociones que no pedían ser explicadas ni resueltas, solo vistas.

La escritura se volvió el espacio donde todo eso pudo existir sin apuro.
Sin la presión de entender rápido.
Sin la necesidad de ponerle un nombre correcto a cada cosa.

Noviembre no fue un mes cómodo.
Pero fue un mes honesto.

Había emociones que llevaban años esperando ser registradas, reconocidas, alojadas. No para desaparecer, sino para dejar de golpear desde adentro.

Escribir, en noviembre, fue eso: sostener lo que apareció sin huir.
Permitir que lo que estaba guardado tenga un lugar.

Diciembre

Diciembre fue el mes de una comprensión que llegó sin aviso.

Un día, casi como una frase dicha en voz alta, me escuché pensar:
toda mi personalidad y todo eso que suele leerse como virtud está relacionado a un trauma.

La sensibilidad.
La empatía.
La capacidad de hacer muchas cosas a la vez, la mujer orquesta, como me dicen varias personas.

Todo fue aprendido en contextos de trauma.
Todo fue una forma de adaptación.

Esa idea, al principio, fue incómoda.
Dolió.

Porque claro, me hubiera gustado que esas cualidades nacieran de otro lugar. De una infancia más cuidada, más estable, más segura.

Pero diciembre me permitió ir un paso más allá.

Entendí que, aunque el origen no haya sido el que hubiera deseado, hay partes de mi personalidad que me gustan. Que me sirven para mi vida actual. Que me permiten vincularme, trabajar, crear, acompañar.

Y entonces tomé una decisión interna importante: apropiarme de eso que soy.
No negar su origen.
No romantizarlo.
Pero tampoco rechazarlo.

Diciembre no fue un mes de reconciliación con la historia.
Fue un mes de apropiación. De decir: esto también soy.
Y puedo elegir qué hago con ello hoy.

Para cerrar…

Cuando miro todo el recorrido de 2025, mes a mes, entiendo por qué me cuesta llamarlo un año de aprendizajes.

Fue, sobre todo, un año de aceptación radical.

Aceptar el duelo y el agotamiento.
Aceptar el límite del cuerpo.
Aceptar la culpa que aparece cuando descanso.
Aceptar la sobreexigencia.
Aceptar que dar sin medida también desgasta.
Aceptar que poner límites puede dar miedo y, aun así, traer tranquilidad.
Aceptar que el cuerpo tiene tiempos propios.
Aceptar que hay decisiones que solo llegan cuando una está lista.
Aceptar que hay dolores que, si no se miran, se transforman en auto sabotaje.
Aceptar que muchas virtudes nacieron como respuesta al trauma.

Nada de eso fue resignación.
Aceptar no fue bajar los brazos.
Aceptar fue dejar de pelearme con la realidad tal como es.

Eso fue lo que fui entendiendo, escribiendo y practicando durante todo el año. Que no hay cambio posible sin aceptación previa. Que no se trata de forzar transformaciones, sino de pararse en lo que hay con honestidad.

Escribir fue la herramienta que me permitió ver todo esto con más claridad. No para arreglarme, no para convertirme en otra persona, sino para dejar de empujar hacia adelante sin mirarme.

Este post no es un balance perfecto ni una lista de conclusiones cerradas.
Es el registro de un año vivido con más conciencia.

Si algo de todo esto resuena en vos, quizás no sea porque tengamos la misma historia, sino porque muchas compartimos esa pelea interna constante con lo que somos, con lo que sentimos, con lo que el cuerpo muestra.

A veces, el gesto más profundo no es cambiar.
Es aceptar.
Y desde ahí, recién desde ahí, elegir cómo seguir.

Y hacia adelante…

Cuando pienso en 2026, claro que tengo metas.
Proyectos que quiero empezar.
Otros que quiero retomar.

No llego al año nuevo vacía ni desorientada.

Pero después de todo lo que fue 2025, hay algo que también quiero conservar: un margen de apertura.

Este año me enseñó que no todo se planifica. Que a veces un libro aparece en el momento justo, una idea se acomoda sola, una comprensión llega cuando una deja de forzarla. Que el acompañamiento psicológico, la escritura y la lectura pueden seguir siendo aliados inesperados en ese proceso.

No sé con qué libro me voy a encontrar en 2026.
No sé qué concepto va a volver a ordenarme por dentro.
No sé qué nueva forma de aceptar me va a tocar aprender.

Y está bien.

Hoy solo sé que quiero seguir aceptando y creando una vida que merezca la pena ser vivida, aunque todavía no tenga del todo claro qué significa eso. Lo escribo así, tal como apareció, porque a veces registrar una frase es el primer paso para empezar a entenderla.

Si algo me llevo de este año es esto: no necesito tener todo definido para seguir. Necesito seguir escribiendo, acompañándome y eligiendo con más conciencia.

Lo demás, como tantas veces, se irá revelando en el camino.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Otros textos que escribí y te pueden interesar…

Cuando el mundo se detuvo

Cuando el mundo se detuvo

Escribo para dejar registro de lo que pasó desde el 8 de abril a hoy. Escribo para entender, procesar e intentar resignificar esta nueva experiencia que me puso a prueba en todos los sentidos.

leer más
27 años de aquel día

27 años de aquel día

Hay días en la vida que nunca podremos olvidar. Momentos en los que parece que el tiempo se detuvo. Que nos morimos pero seguimos vivos.

leer más
Celebro cumplir 39 años

Celebro cumplir 39 años

Un mes antes de cumplir 15 años dejé de querer festejar mi cumpleaños y la vida misma. Hoy, después de un largo proceso, celebro cumplir 39 años.

leer más